La Reina Mentewab en la iglesia de Nerga Sellasie

Madonna de la iglesia de Narga Selassie. A sus pies vemos a la reina Mentewab.

La Era Gondarina denomina al período de tiempo en que Etiopía era gobernada desde la ciudad imperial de Gondar, poniendo fin a varios siglos en que los emperadores, salvo cortos períodos de tiempo, viajaban por todo el país viviendo en campamentos de hasta 10.000 habitantes que, cuando agotaban los recursos de la zona, se desmontaban para buscar un nuevo lugar de establecimiento. La fundación de Gondar en 1635 por el emperador Fasiladas supuso, pues, un hito histórico pero también artístico, ya que la nueva ciudad capital desarrolló tanto en la arquitectura como en el resto de artes un estilo propio, el gondarino, que pocas veces en la dilatada historia etíope ha sido tan rico y genuino. Se trata de un periodo histórico en el que el poder imperial, a pesar del aislamiento del país, era fuerte y centralizado.

Castillo de Mentewab, Gondar

Palacio de Mentewab en el Fasil Ghebi de Gondar.

El núcleo de la ciudad era el Fasil Ghebi, el recinto palaciego, compuesto por varios castillos fruto de la febril actividad constructora de los emperadores sucesores de Fasiladas; no en vano, cada uno de ellos dejará su impronta personal al construir su propio castillo-residencia. Alrededor del recinto real se arracimaban desordenadamente las casas de los notables y del pueblo llano, existiendo una gran explanada que hacía las veces de mercado.

Una vez que hemos contextualizado brevemente la Era Gondarina, pasemos a hablar de una de las figuras femeninas más apasionantes de la historia etíope: la reina Mentewab.

Tradicionalmente se considera que Mentewab (ምንትዋብ), cuyo nombre de bautismo fue Welete Giyorgis (hija de Jorge) nació en la provincia de Qwara, entre el lago Tana y Sudán, hacia el año 1706. Probablemente uno de sus abuelos fuese un portugués de los que se asentaron a partir del estrechamiento de lazos lusoetíopes que se produjo a partir del siglo XVI, cuando un contingente de soldados lusos llegó al país para ayudar en la lucha contra el yihad de Ahmad Grañ. Pertenecía a la alta nobleza local, siendo su padre el Dejazmach (ደጃዝማች däjazmač, general de la puerta) Manbare de Dembiya, y su madre la Woizero (ወይዘሮ wäyzäro, dama) Yenkoy, descendiente del emperador Menas.

En aquella época gobernaba el emperador Bakaffa, a quien le gustaba escapar de palacio disfrazado para conocer de primera mano las injusticias que se producían en su reino. La tradición folclórica etíope dice que fue en una de esas escapadas cuando conoció a Mentewab, cuya belleza le deslumbró a tal punto que exclamó Min tiwab! (¡qué belleza!, en amhárico) al verla por primera vez. Tras el flechazo, se casaron el 6 de septiembre de 1722, si bien Mentewab era la segunda mujer del emperador. Justo después del banquete nupcial, la primera mujer de Bakaffa murió en extrañas circunstancias, probablemente envenenada. De su unión con el emperador nacería el futuro emperador Iyasus II.

Mentewab

La reina Mentewab en un manuscrito de la época.

El ascenso al poder

La muerte de su marido en 1730 supuso el comienzo del ascenso de Mentewab a las cotas más altas de poder. Tras tomar como amante a un sobrino de Bakaffa mucho más joven que ella, Melmel Iyasu, maniobró con inteligencia para hacerse coronar como corregente, compartiendo el trono con su hijo Iyasu II. Nunca antes en la historia etíope una mujer había logrado concentrar tanto poder en sus manos.

El reinado de Iyasu II supuso el comienzo del declive de la dinastía gondarina. De un modo similar a lo que hicieron los llamados Austrias menores españoles (Felipe III y Felipe IV), el rey dejó en manos de su madre el gobierno del país mientras él se deleitaba con toda clase de placeres mundanos. La reina cometió el tremendo error de descentralizar el poder imperial en manos de la nobleza que controlaba las diferentes regiones del imperio, reduciendo de manera considerable los ingresos del tesoro.

En un claro ejemplo de insensatez, el propio emperador decidió conquistar en 1738 el sultanato vecino de Sennar; sin embargo, la campaña terminó en desastre cuando sus tropas fueron derrotadas en la batalla del río Dindar. El Imperio tuvo que compensar a Sennar con el pago de 8.000 onzas de oro, un nuevo golpe a las arcas del tesoro.

El ocaso de la reina hermosa

Los problemas surgieron a la muerte de su hijo en 1755. Las intenciones de Mentewab de mantener su poder como reina chocaron con las ambiciones de la viuda de Iyasu II, Wubit, quien quería ser corregente de su propio hijo, Iyoas I. Ambas reinas comenzaron a congregar a sus apoyos: en el caso de Mentewab, la provincia de Qwara, gobernada por sus parientes, le brindó su fuerza militar; mientras tanto, Wubit contaba con la estimable fuerza de los oromos de Yejju, su tierra natal.

En un arrebato de sensatez, Mentewab quiso evitar la guerra buscando la mediación del poderoso ras Mikael Sehul, un noble de la región del Tigray, a quien anteriormente había entregado como esposa a una de sus hijas, Aster. Al llegar a Gondar, Mikael y su ejército de 26.000 hombres fueron recibidos por la reina, si bien éste no tardó mucho en traicionarla: tras hacerse hábilmente con el poder, estranguló con sus propias manos al rey Iyoas el 9 de mayo de 1769. El hecho de que un noble local acabase con la vida de un emperador e impusiese su poder marcó el final del período gondarino e inició la época llamada Zemana Mesafint, la era de los príncipes, conocida por la debilidad del poder imperial frente a los señores locales, y que duró hasta el ascenso al trono del emperador Tewodros II (1855-1868).

El asesinato de su nieto fue demasiado para la reina que, desconsolada y arrepentida de las consecuencias de su ambición, lo enterró en su querido monasterio de Qwesqwam. Aunque nadie se lo impedía, ella misma renunció a volver a Gondar, permaneciendo encerrada en Qwesqwam hasta su muerte el 27 de junio de 1773.

Su legado: una ingente labor constructora

Al igual que los anteriores monarcas gondarinos, Mentewab contruyó su propio palacio en el espectacular recinto del Fasil Ghebi, además de una sala de banquetes. A las afueras de la capital, en las colinas al noroeste, fundó un monasterio en honor a la Virgen María que recibió el nombre de Qwesqwam. El nombre del cenobio recuerda a la aldea egipcia de Qusqam, donde la tradición copta asevera que un ídolo de cobre adorado por sus habitantes cayó roto en mil pedazos al pasar por su lado la Sagrada Familia, que en ese momento huía de Herodes. Al lado del monasterio la reina construyó un refinado palacio de estilo gondarino, el cual fue su residencia favorita.

Palacio de Qwesqwam

El complejo monástico y palaciego de Qwesqwam según Monti della Corte (I castelli di Gondar, 1938)

Otro hermoso ejemplo del patrocinio constructivo de la reina lo encontramos en la iglesia de Narga Selassie (Descanso de la Trinidad), en la isla de Dek del lago Tana. Construida en planta circular, conserva bellas pinturas de estilo gondarino. El techo y las puertas se elaboraron con la madera de un sicomoro que ocupaba el lugar anteriormente.

Iglesia de Narga Selassie

Iglesia de Narga Selassie, construida por orden de la reina.