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Diario de un viaje por Etiopía – Gondar (2ª parte), Montañas Simien y Gorgora (V)

Baños de Fasiladas, Gondar.

Continuamos nuestro recorrido por Etiopía en el tercer episodio de nuestro diario de viaje. El original se publicó el 25 de septiembre en el diario digital leonés ileon.com. Todas las fotos y vídeos han sido tomados para este blog.

Los baños de Fasiladas y el palacio de Kuskuam

Hacia el oeste del centro urbano de Gondar encontramos los Baños de Fasiladas, una construcción curiosa a los ojos del europeo. Se trata de un pabellón almenado elevado por varios arcos en medio de un estanque. Accesible a través de un puente de dos arcos, parece un pequeño castillo con sus ventanas de ladrillo rojo y sus balcones.

Aunque hoy se utiliza casi exclusivamente para las ceremonias religiosas del Timkat, en origen su uso era mucho más lúdico y profano. Cerca de Gondar, en Azazo, el emperador Susenyos hizo construir un pabellón en un estanque muy similar al de Gondar, aunque anterior. Hoy sólo quedan sus cimientos, pero las crónicas dicen que lo construyeron los jesuitas –de nuevo la alargada sombra de Páez y sus camaradas- para que el emperador pudiera deleitarse desde el balcón observando cómo sus súbditos navegaban por el estanque a bordo de pequeñas tankwas. El lugar, apartado del ajetreo urbano, tiene un ambiente especial que lo convierte en uno de los monumentos más bonitos de la ciudad.

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Las elegantes ruinas de la sala de recepción de la reina Mentewab, en Kuskuam.

El palacio de Kuskuam se ubica en una colina a poniente, ya a las afueras de Gondar. El paseo hasta allí bien vale la pena, ya que atravesamos un área de transición entre la ciudad y el campo. Por su belleza, se entiende que fuese el lugar favorito de la reina Mentewab, quien ordenó construir un palacio para retirarse del mundanal ruido. La iglesia original, que debió albergar impresionantes pinturas del Segundo Estilo Gondarino, fue destruida por los mahdistas sudaneses en 1888 y reconstruida por Haile Selassie ya en el siglo XX. El resto del complejo, compuesto por el palacio de retiro de la reina, nunca fue reconstruido, formando una especie de pequeño Fasil Ghebbi. Aún hoy puede verse la fachada de la sala de recepciones, los restos del área de baños y el oratorio que usaba la reina cuando, por la restricción eclesiástica etíope, no podía entrar en la iglesia durante la menstruación. En el pequeño museo del complejo se conservan, en un minúsculo ataúd acristalado, los esqueletos de Mentewab, su hijo Iyasu II y su nieto Iyoas.

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Piazza, el centro urbano de Gondar, presidida por la estatua del emperador Tewodros.

Por último, no quiero dejar de hablar del agradable barrio de Piazza, el centro urbano, construido durante la ocupación italiana. Lleno de edificios racionalistas, tan al gusto del Fascismo, algunos son ciertamente valiosos, como la oficina de correos, que preside la plaza principal. Justo enfrente se encuentra el Ethiopia Hotel, con un bar de indudable sabor italiano.

El pueblo judío

A unos pocos kilómetros al norte de Gondar se encuentra el pueblo de Wolleka, uno de los muchos antiguamente habitados por los falashas, los poco apreciados judíos etíopes. Estos hebreos, que se autodenominan Beta Israel (Casa de Israel), huyeron de siglos de marginación en los 80 tras cruzar en durísimas condiciones –muchos murieron- la frontera sudanesa y embarcarse en aviones rumbo a Israel, donde hoy viven en su mayoría. Sus vecinos cristianos consideraban que eran buda, portadores del mal de ojo, evitando entrar en contacto con ellos y permitiéndoles trabajar sólo en ciertos trabajos artesanos (herreros, tejedores, etc.).

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Exterior de la sinagoga de Wolleka, a las afueras de Gondar.

Hoy en los poblados apenas quedan vestigios de su presencia. Tan sólo en éste de Wolleka existe un mercadillo de productos presuntamente judíos, ubicado estratégicamente en la carretera, y un modesto edificio de barro que sirvió de sinagoga. Lo único que lo distingue es la tosca estrella de David que lo corona, ya que en su interior sólo el banco corrido de la pared parece indicar un cierto uso ritual.

Las montañas Simien

El espectacular paisaje de las montañas Simien es tan escarpado que tradicionalmente ha sido refugio de fugitivos. En la edad media se formó en ellas el reino de los Gedeones, una formación política judía que fue conquistada en el siglo XVII.

Un consejo: si puedes, visítalas cuando no sea la estación de lluvias, ya que nosotros lo hicimos en esa época y la niebla nos aguó la experiencia. Al ser tan cerrada que apenas se puede ver nada a diez metros, impide divisar las afiladas formas de los picos, de los cuales varios están por encima de los 4.000 metros, los espectaculares valles, gargantas y la catarata de Jinbar, que se desploma a más de 500 m. De los tres días que, en origen, habíamos reservado para acampar en ellas y hacer rutas de senderismo, al final se quedaron en uno solo debido al mal tiempo.

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Una colonia de babuínos Gelada. Y la sempiterna niebla…

Pero, si sólo se puede visitar las Simien en la estación lluviosa, no pasa nada. Con un día puede ser suficiente para, desde Gondar, contratar un viaje guiado. Tras la hora y media que se tarda en llegar a Debark, principal ciudad de la zona, en la oficina del parque nacional podemos comprar la entrada y contratar la seguridad que, según los funcionarios, es importantísima (aunque opcional). Desde la ciudad comienza la pista de grava que lleva a las montañas.

Debido a la forma alargada del parque nacional, la carretera principal nunca queda demasiado alejada de los senderos que tomaremos para explorar el área. De vez en cuando, es fácil encontrarse con babuinos gelada, una especie que sólo vive en las Simien. Aunque nos podemos acercar mucho a ellos, es mejor no intentar tocarles –pueden morder- y, por supuesto, no darles nada de comer. Otras especies del parque son más esquivas, como los preciosos lobos etíopes –más parecidos a un zorro-, o las cabras montesas walia.

En la estación seca se puede disfrutar mejor de estas montañas. Muchas empresas organizan rutas de senderismo de varios días que pueden acabar con el ascenso al Ras Dashen, el pico más alto del país (4.550 m.), e incluso, si hay tiempo y ganas, llegar a Lalibela.

Restos de la iglesia jesuítica de Gorgora Nova. Foto: Víctor M. Fernández.

La península de Gorgora

Gorgora, la bonita península al norte del Lago Tana, es un nuevo destino turístico al alza en el norte etíope. Gracias a la construcción de una nueva carretera que la unirá con Gondar, es de esperar que el tiempo de viaje baje de la hora y media que ahora suponen los 66 km. Además, se están construyendo nuevos hoteles que permitirán aumentar y mejorar notablemente la escasa oferta existente. Se puede llegar al lugar en minibús desde Gondar, o contratando un vehículo privado, la opción más cara.

Pero, ¿y qué hay que visitar allí? Nada menos que los restos de Gorgora Nova (Maryam Ghimb), un complejo palacial y misional construido por los jesuitas de Pedro Páez para el emperador Susenyos. Accesible tras una larga caminata de unas cuatro horas o en bote desde Gorgora –la opción más rápida, una hora larga de trayecto-, se ubica soberbio en una península que se adentra en el lago Tana. Los restos de la iglesia (1618-1621), de un estilo jesuítico claro, aún muestran detalles arquitectónicos de origen peninsular. A su lado, menos espectaculares, yacen las ruinas del complejo palaciego y residencia jesuita. El propio Páez describe el palacio así:

“Pero el emperador Seltán Zegued [nombre de coronación de Susenyos] hace, en una península de la laguna de Dambiá [el lago Tana], a la que ellos llaman mar, unos palacios hermosos de piedra blanca bien labrada, con sus aposentos y salas; la de arriba tiene cincuenta palmos de largo, veintiocho de ancho y veinte de alto, que por ser allí muy fuerte el viento en invierno y la casa de abajo también ser alta, no la levantaron más. Sobre la puerta principal tiene una balconada grande y hermosa, y en los flancos, dos más pequeñas con muy buena vista. La madera casi toda es de cedro, muy hermosa; y las salas y un aposento de arriba, donde duerme el emperador, con muchas pinturas de varios colores. Es de terrado encalado, y el parapeto alrededor con columnas muy hermosas, y sobre sus capiteles, bolas grandes de la misma piedra, pero en las columnas de las cuatro esquinas, bolas de cobre dorado con hermosos remates. Sobre la escalera, por la que se sube al terrado, se levanta otra casa pequeña con tres ventanas grandes, que le sirve de mirador, porque además de estar la casa situada en lo más alto de la península, que es grande, tiene sesenta palmos de alto; y así toda la ciudad, que también hizo nueva, le queda debajo […]”. Páez, P., Historia de Etiopía. Libro I, pág. 256. Edición en español publicada en 2014 por Ediciones del Viento (A Coruña).

Hay otros restos de la presencia jesuita en Gorgora, aunque menos impresionantes. Cerca, en la cima más alta de la península, se encuentra el Faro de Mussolini, construido por los italianos en 1938 para conmemorar su victoria. El objetivo era que proyectase una luz visible desde Bahir Dar, al otro lado del lago, pero tras la liberación del país permanece en desuso, aunque desde él se tienen unas vistas espléndidas del Tana. El lugar aparece en películas del cine etíope como Teza.

Diario de un viaje por Etiopía – Gondar, la ciudad de las 44 iglesias: Fasil Ghebbi (IV)

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Castillo de Fasiladas.

Llegar a Gondar en minibús desde Bahir Dar es una pequeña aventura para la que hay que armarse de paciencia. Nada más entrar a la estación de autobuses, multitud de conductores de minibús intentarán llamar nuestra atención para que les escojamos. La clave está en elegir un vehículo que no sea demasiado antiguo y, sobre todo, que esté casi lleno, ya que los minibuses salen de la estación a medida que se van llenando, lo cual puede llevar un tiempo indeterminado. En cualquier caso, el flujo de los que van y vienen entre ambas ciudades es constante a lo largo del día, ya que muchos conductores, cuando llegan a Gondar, cargan más pasajeros para volver a Bahir Dar, y viceversa.

La carretera es muy moderna, de construcción china, aunque sin arcenes. El recorrido puede hacerse en unas tres horas, pero nosotros tardamos casi cuatro horas por la intensa lluvia.

Ante la insistencia del conductor, colocamos nuestras mochilas en la baca del vehículo. Craso error, porque la supuesta tela impermeable que los cubría resulto no serlo, por lo que nuestro equipaje llegó a Gondar calado. A pesar de todo, el viaje mereció realmente la pena, ya que el trayecto entre ambas ciudades es de una belleza abrumadora. Las montañas de las Tierras Altas se presentan ante nosotros en todo su esplendor, anunciándonos que estamos cada vez más cerca de las montañas Simien, donde se encuentran las cumbres más altas del país.

Fasil Ghebbi

Gondar es una de las ciudades más bonitas de Etiopía. Ubicada sobre varias colinas suaves, si tenemos la oportunidad de contemplarla desde el mirador del hotel Goha lo primero que destaca es que los edificios parecen estar rodeados de vegetación. Antigua capital imperial, floreció entre los siglos XVII y finales del XVIII, entrando después en una larga decadencia. Gondar es conocida en el resto del país como la ciudad de las 44 iglesias y, aunque es cierto que hay muchas, parece más una exageración que un hecho factible.

La principal atracción turística de Gondar es el espectacular recinto palaciego del Fasil Ghebbi. A la mayoría de los turistas occidentales les sorprende la existencia de castillos similares a los europeos en este rincón del África Subsahariana, lo que lleva a muchos a preguntarse quién los construyó.

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Vista del conjunto del Fasil Ghebbi desde lo alto de la escalinata del castillo de Fasiladas.

La respuesta está en parte relacionada con Pedro Páez y los jesuitas, que trajeron al país técnicas constructivas europeas y numerosos artesanos indios. Al mezclar estos ingredientes con las artes tradicionales etíopes, desde el siglo XVII se comenzó a gestar el llamado arte gondarino. Tras la muerte de Páez en 1622, sus sucesores al frente de los jesuitas en Etiopía cometieron una serie de errores que acabaron provocando una cruenta guerra civil entre católicos y ortodoxos. Salieron victoriosos estos últimos, liderados por el hijo de Susenyos, Fasiladas, quien arrancó de raíz el catolicismo del país, expulsó  a los jesuitas y cerró el país a las influencias occidentales.

Fasiladas quiso emular en su tierra las grandes ciudades de las que oyó hablar a los jesuitas, por lo que eligió Gondar como asiento de su nueva capital. Hasta entonces, los emperadores etíopes viajaban errantes con su corte, que en ocasiones comprendía hasta 10.000 personas, instalándose en espectaculares campamentos provisionales que se movían a medida que agotaban la madera y los recursos del lugar. La decisión de Fasiladas fue tan importante que el deslumbrante periodo en que esta ciudad rigió los designios etíopes (1632-1769) recibe el nombre de Gondarino.

Romper una tradición centenaria bien merecía la construcción de nuevos e impresionantes edificios públicos que debían mostrar el poder imperial: el propio Fasiladas ordenó erigir una espectacular fortaleza en la que sobresale una suerte de torre del homenaje acompañada de tres torreones coronados por cúpulas. El propio aspecto del edificio sugiere una evidente influencia europea, especialmente por los arcos de ladrillos o las chimeneas del interior, pero también encontramos largas vigas de madera –tradición etíope- e incluso restos decorativos propios de la India musulmana. Aunque sus amplias salas están hoy vacías por siglos de pillaje, aún es fácil imaginar sus días de gloria y decadencia, como los que el genial Jean Christophe Rufin recrea en su obra El Abisinio. Por desgracia, no se puede subir a los pisos superiores para disfrutar de las espectaculares vistas de la ciudad.

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Palacio de Mentewab, Fasil Ghebbi.

Los emperadores sucesores de Fasiladas quisieron emularle añadiendo cada uno sus propios edificios, formando una mezcla heterogénea de iglesias, castillos, salas de banquete y edificios administrativos, destacando el palacio de la reina Mentewab. Todos se concentran en el gran óvalo del Fasil Ghebbi, conformando un conjunto monumental de gran belleza visual. A excepción de algunos edificios que han sido reconstruidos, la mayoría permanecen en ruinas. El recinto está delimitado por un muro en el que se abren doce puertas, si bien hoy sólo permanece abierta una. Llama la atención que entre las ruinas encontremos sofisticados baños turcos –en pésimo estado de conservación- o, incluso, jaulas de leones.

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Exterior de Debre Berhan Selassie.

Debre Berhan Selassie

Ubicada en una colina un tanto alejada del centro, encontramos la iglesia de Debre Berhan Selassie (Monte de la luz de la Trinidad), también Patrimonio de la Humanidad como el recinto palaciego. Llegar a ella supone un delicioso paseo de unos quince o veinte minutos a través de una colorida barriada gondarina.

Rodeada de un muro jalonado por trece torretas que representan a los Doce Apóstoles y a Cristo, se trata de una excepcional iglesia de planta rectangular, algo no muy común en esta zona del país, donde mandan las de planta circular. Construida a finales del siglo XVII por el emperador Iyasu I, quien originariamente construyó un templo circular –cuyos restos aún son visibles-, el cual fue sustituido por el edificio actual a comienzos del siglo XIX. Es la única iglesia que no fue destruida en 1888 por los derviches del Mahdi sudanés, quienes, según la tradición, fueron atacados por un enjambre de abejas.

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Trinidad y Calvario, entre otras escenas bíblicas, del interior de la iglesia de Debre Berhan Selassie.

Sin embargo, lo más interesante está en su interior, ya que está completamente cubierto por pinturas. Las pinturas datan de comienzos del siglo XIX y se encuadran en el Segundo Estilo Gondarino. No están pintadas al fresco, sino sobre un lienzo pegado a la pared. La tendencia del conjunto es al horror vacui, con multitud de escenas bíblicas. Al fondo de la nave se abren dos arcos que dan acceso al makdas o sancta sanctorum, donde se guarda la copia del Arca de la Alianza (Tabot). Justo encima vemos la representación de la Trinidad como tres ancianos barbados exactamente iguales. Pero lo más célebre de la iglesia es su techumbre, jalonada por decenas de cabezas de querubines, una de las imágenes más reproducidas en las postales del país.

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La célebre techumbre de los querubines.

La reina Mentewab o el poder femenino en la Etiopía gondarina del XVIII

La Reina Mentewab en la iglesia de Nerga Sellasie

Madonna de la iglesia de Narga Selassie. A sus pies vemos a la reina Mentewab.

La Era Gondarina denomina al período de tiempo en que Etiopía era gobernada desde la ciudad imperial de Gondar, poniendo fin a varios siglos en que los emperadores, salvo cortos períodos de tiempo, viajaban por todo el país viviendo en campamentos de hasta 10.000 habitantes que, cuando agotaban los recursos de la zona, se desmontaban para buscar un nuevo lugar de establecimiento. La fundación de Gondar en 1635 por el emperador Fasiladas supuso, pues, un hito histórico pero también artístico, ya que la nueva ciudad capital desarrolló tanto en la arquitectura como en el resto de artes un estilo propio, el gondarino, que pocas veces en la dilatada historia etíope ha sido tan rico y genuino. Se trata de un periodo histórico en el que el poder imperial, a pesar del aislamiento del país, era fuerte y centralizado.

Castillo de Mentewab, Gondar

Palacio de Mentewab en el Fasil Ghebi de Gondar.

El núcleo de la ciudad era el Fasil Ghebi, el recinto palaciego, compuesto por varios castillos fruto de la febril actividad constructora de los emperadores sucesores de Fasiladas; no en vano, cada uno de ellos dejará su impronta personal al construir su propio castillo-residencia. Alrededor del recinto real se arracimaban desordenadamente las casas de los notables y del pueblo llano, existiendo una gran explanada que hacía las veces de mercado.

Una vez que hemos contextualizado brevemente la Era Gondarina, pasemos a hablar de una de las figuras femeninas más apasionantes de la historia etíope: la reina Mentewab.

Tradicionalmente se considera que Mentewab (ምንትዋብ), cuyo nombre de bautismo fue Welete Giyorgis (hija de Jorge) nació en la provincia de Qwara, entre el lago Tana y Sudán, hacia el año 1706. Probablemente uno de sus abuelos fuese un portugués de los que se asentaron a partir del estrechamiento de lazos lusoetíopes que se produjo a partir del siglo XVI, cuando un contingente de soldados lusos llegó al país para ayudar en la lucha contra el yihad de Ahmad Grañ. Pertenecía a la alta nobleza local, siendo su padre el Dejazmach (ደጃዝማች däjazmač, general de la puerta) Manbare de Dembiya, y su madre la Woizero (ወይዘሮ wäyzäro, dama) Yenkoy, descendiente del emperador Menas.

En aquella época gobernaba el emperador Bakaffa, a quien le gustaba escapar de palacio disfrazado para conocer de primera mano las injusticias que se producían en su reino. La tradición folclórica etíope dice que fue en una de esas escapadas cuando conoció a Mentewab, cuya belleza le deslumbró a tal punto que exclamó Min tiwab! (¡qué belleza!, en amhárico) al verla por primera vez. Tras el flechazo, se casaron el 6 de septiembre de 1722, si bien Mentewab era la segunda mujer del emperador. Justo después del banquete nupcial, la primera mujer de Bakaffa murió en extrañas circunstancias, probablemente envenenada. De su unión con el emperador nacería el futuro emperador Iyasus II.

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La reina Mentewab en un manuscrito de la época.

El ascenso al poder

La muerte de su marido en 1730 supuso el comienzo del ascenso de Mentewab a las cotas más altas de poder. Tras tomar como amante a un sobrino de Bakaffa mucho más joven que ella, Melmel Iyasu, maniobró con inteligencia para hacerse coronar como corregente, compartiendo el trono con su hijo Iyasu II. Nunca antes en la historia etíope una mujer había logrado concentrar tanto poder en sus manos.

El reinado de Iyasu II supuso el comienzo del declive de la dinastía gondarina. De un modo similar a lo que hicieron los llamados Austrias menores españoles (Felipe III y Felipe IV), el rey dejó en manos de su madre el gobierno del país mientras él se deleitaba con toda clase de placeres mundanos. La reina cometió el tremendo error de descentralizar el poder imperial en manos de la nobleza que controlaba las diferentes regiones del imperio, reduciendo de manera considerable los ingresos del tesoro.

En un claro ejemplo de insensatez, el propio emperador decidió conquistar en 1738 el sultanato vecino de Sennar; sin embargo, la campaña terminó en desastre cuando sus tropas fueron derrotadas en la batalla del río Dindar. El Imperio tuvo que compensar a Sennar con el pago de 8.000 onzas de oro, un nuevo golpe a las arcas del tesoro.

El ocaso de la reina hermosa

Los problemas surgieron a la muerte de su hijo en 1755. Las intenciones de Mentewab de mantener su poder como reina chocaron con las ambiciones de la viuda de Iyasu II, Wubit, quien quería ser corregente de su propio hijo, Iyoas I. Ambas reinas comenzaron a congregar a sus apoyos: en el caso de Mentewab, la provincia de Qwara, gobernada por sus parientes, le brindó su fuerza militar; mientras tanto, Wubit contaba con la estimable fuerza de los oromos de Yejju, su tierra natal.

En un arrebato de sensatez, Mentewab quiso evitar la guerra buscando la mediación del poderoso ras Mikael Sehul, un noble de la región del Tigray, a quien anteriormente había entregado como esposa a una de sus hijas, Aster. Al llegar a Gondar, Mikael y su ejército de 26.000 hombres fueron recibidos por la reina, si bien éste no tardó mucho en traicionarla: tras hacerse hábilmente con el poder, estranguló con sus propias manos al rey Iyoas el 9 de mayo de 1769. El hecho de que un noble local acabase con la vida de un emperador e impusiese su poder marcó el final del período gondarino e inició la época llamada Zemana Mesafint, la era de los príncipes, conocida por la debilidad del poder imperial frente a los señores locales, y que duró hasta el ascenso al trono del emperador Tewodros II (1855-1868).

El asesinato de su nieto fue demasiado para la reina que, desconsolada y arrepentida de las consecuencias de su ambición, lo enterró en su querido monasterio de Qwesqwam. Aunque nadie se lo impedía, ella misma renunció a volver a Gondar, permaneciendo encerrada en Qwesqwam hasta su muerte el 27 de junio de 1773.

Su legado: una ingente labor constructora

Al igual que los anteriores monarcas gondarinos, Mentewab contruyó su propio palacio en el espectacular recinto del Fasil Ghebi, además de una sala de banquetes. A las afueras de la capital, en las colinas al noroeste, fundó un monasterio en honor a la Virgen María que recibió el nombre de Qwesqwam. El nombre del cenobio recuerda a la aldea egipcia de Qusqam, donde la tradición copta asevera que un ídolo de cobre adorado por sus habitantes cayó roto en mil pedazos al pasar por su lado la Sagrada Familia, que en ese momento huía de Herodes. Al lado del monasterio la reina construyó un refinado palacio de estilo gondarino, el cual fue su residencia favorita.

Palacio de Qwesqwam

El complejo monástico y palaciego de Qwesqwam según Monti della Corte (I castelli di Gondar, 1938)

Otro hermoso ejemplo del patrocinio constructivo de la reina lo encontramos en la iglesia de Narga Selassie (Descanso de la Trinidad), en la isla de Dek del lago Tana. Construida en planta circular, conserva bellas pinturas de estilo gondarino. El techo y las puertas se elaboraron con la madera de un sicomoro que ocupaba el lugar anteriormente.

Iglesia de Narga Selassie

Iglesia de Narga Selassie, construida por orden de la reina.

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