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Horror en Namibia: el genocidio herero y namaqua (Podcast 20 de «La Biblioteca de Tombuctú» – THDT)

Entrada Podcast 20

Este artículo ha sido elaborado para la sección La Biblioteca de Tombuctú del programa de radio Tras las Huellas del Tiempo. Puede escuchar el podcast aquí:

La historia de las matanzas entre seres humanos es, por desgracia, tan antigua como la propia humanidad. Los primeros asesinatos los encontramos registrados en la remota prehistoria: especialmente famoso es el caso de Ötzi, el famoso cadáver congelado hallado en los Alpes, que murió herido por varias flechas. Ya en la era histórica, los primeros conflictos organizados que tenemos registrados se originan en Mesopotamia y Egipto. A partir de entonces, las guerras han sido compañeras inseparables del devenir humano, alzando imperios o pequeños estados y derribando a otros.

Sin embargo, ha sido durante el siglo XX cuando la brutalidad del asesinato masivo ha alcanzado cifras apocalípticas. A muchos nos vienen a la cabeza genocidios como el de los nazis contra los judíos o los gitanos, el de los turcos otomanos contra los armenios o, mucho más reciente, el de Ruanda. Todos ellos de números espeluznantes: millones de seres humanos asesinados por el mero hecho de pertenecer a un determinado grupo étnico al que se odia, al que se quiere exterminar.

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Iglesia de Cristo y monumento a la caballería alemana antes de ser cambiado de lugar en 2009. Fuente: Wikimedia – Freddy Weber.

Pero algunos de estos crímenes no son tan conocidos. Por eso, hoy queremos recordar que uno de los primeros genocidios del siglo XX comenzó en África, más concretamente en la actual Namibia. Aunque sus cifras no fueron tan terribles como las de otros genocidios posteriores, la intención de borrar del mapa a dos grupos étnicos fue exactamente igual.

Namibia - Alemanes contra hereros

Alemanes combatiendo a los rebeldes herero. Fuente: Wikimedia.

El territorio de la actual Namibia se compone de dos grandes desiertos: el del Kalahari, cuyas precipitaciones anuales permiten el desarrollo de una escasa vegetación de la que dependen no pocas especies animales, y el de Namibia, de grandes campos de dunas. La vida para el hombre allí ha sido siempre difícil; no en vano, los pueblos que la habitan, como los namaqua –del grupo khokhoi- y los ovambo o los herero –bantúes-, entre otros, son nómadas, luchando constantemente por encontrar agua donde poder saciar su sed y la de su ganado.

Durante la época del nefasto reparto de África, a finales del siglo XIX, los alemanes pusieron sus ojos en aquella reseca extensión de terreno, la única que no reclamaban ni portugueses ni ingleses. De esta manera, en 1883, un comerciante llamado Lüderitz adquiría una porción de terreno en la costa cerca de Angra Pequena. Así nacía la aventura germana en el sudoeste africano.

Vista del puerto de Lüderitz, Namibia. La península de Shark Island aparece en primer plano. Fuente: Wikimedia – .Brian J. McMorrow.

Por su clima seco y ausencia de enfermedades, junto con la existencia de algunas tierras fértiles, la nueva colonia del África Sudoccidental Alemana se convirtió en un territorio apto para la colonización blanca. Pronto los colonos empezaron a instalarse en el terreno, arrebatando a los nativos sus tierras y su ganado. Éstos, además, pasaron a convertirse en mano de obra barata al servicio de los alemanes. La situación empeoró con la construcción del ferrocarril de Otavi, el cual facilitó la penetración germana al interior. Las violaciones de mujeres herero, frecuentes y rara vez castigadas por el derecho germano, añadieron más leña al fuego del descontento aborigen.

Los abusos y el racismo de los germanos exacerbaron los ánimos entre los pueblos nativos, que pronto se decidieron a tomar las armas. La rebelión estalló en 1903, liderada por los Nama. Pronto se les unieron los herero, una etnia bantú. En un primer ataque, dirigido por el jefe Samuel Maharero, mataron a entre 123 y 150 colonos alemanes, logrando cortar las comunicaciones de Windhuk –hoy Windhoek-, la capital colonial. El gobernador Leutwein, aterrorizado, pidió refuerzos a Berlín, quien le envió al general Trotha al mando de un ejército de 14.000 soldados.

Trotha era una persona inflexible, que consideraba que con los rebeldes no se podía negociar. Así, tomó la drástica decisión de exterminar a los herero y los nama o, al menos, conseguir expulsarlos del territorio ocupado por Alemania. Además, el general germano creía que la lucha con los nativos era un asunto de guerra racial por los recursos, por lo que sólo cabía exterminarlos.

Namibia - Lothar von Trotha

Lothar von Trotha. Wikimedia.

Lothar von Trotha pudo contener a los levantiscos hereros y namas, derrotándolos en la batalla de Waterberg, librada entre el 11 y el 12 de agosto de 1904. Los alemanes procedieron a perseguir a los que no habían podido capturar tras la derrota, matándolos sin piedad junto a mujeres y niños. Sólo 1000, con Maharero a la cabeza, lograron cruzar la frontera con la Bechuanalandia inglesa (hoy Botswana), mientras otros murieron intentando encontrar agua potable en el desierto de Omaheke.

Pero la brutalidad de Trotha no quedó ahí. Tras prohibir a los que habían escapado su entrada en la colonia, ordenó el internamiento de todos los herero y los nama en campos de concentración, siendo el más famoso el de Shark Island, en Lüderitz. Sometidos a trabajos forzados, hambrientos, enfermos y azotados con frecuencia, se cree que entre el 50 y el 75% de los presos murieron entre 1905 y 1907. Además, a algunos se les inyectó opio y arsénico, siendo empleados como cobayas humanas. Unas 300 calaveras fueron enviadas a Alemania con el fin de ser utilizadas para demostrar la supuesta superioridad de los blancos sobre los negros.

Algunas voces alemanas mostraron su disconformidad con los métodos empleados por Trotha –en quien no es difícil ver a un precursor del nazismo-, como el propio gobernador Leutwein, quien quería llegar a un acuerdo con los herero y los nama y, sobre todo, el canciller imperial Bülow, que veía aquel exterminio como un acto inhumano. Pese a todo, nada cambió.

Una vez que se clausuraron los campos, la humillación no terminó para los nativos. Los 19.000 supervivientes fueron repartidos como mano de obra barata para los colonos alemanes, teniendo que portar siempre un disco de metal con su identificación. Pero lo peor, sin duda, fue la prohibición de poseer ganado, algo fundamental para una sociedad ganadera.

Namibia - Supervivientes herero

Supervivientes herero. Nótese la evidente desnutrición que padecieron. Fuente: Wikimedia.

Los crímenes de los alemanes en Namibia no fueron revelados a la opinión pública internacional hasta 1918, cuando el Imperio Alemán fue derrotado. Las cifras de las víctimas son difícilmente calculables, ya que nadie sabía con exactitud cuántos nativos habitaban el territorio, dada su alta movilidad. Se estima que murieron unos 10.000 namas y entre 25.000 y 100.000 hereros, lo que suponía el 80% del total existente antes de las masacre.

Alemania pidió perdón a los herero y los nama cien años después, en 2004. Con las excusas llegó una cierta cantidad de dinero para compensar a los descendientes de las víctimas y numerosos actos de reconocimiento del dolor causado. Se reconoció el daño hecho, aunque las cicatrices del genocidio aún pueden sentirse en la actual Namibia.

El final del Camerún alemán y los refugiados germanos en la Guinea Española (Podcast 19 de «La Biblioteca de Tombuctu» – THDT)

Entrada Podcast 19

La Biblioteca de Tombuctú volvió esta semana a tener formato de entrevista para recibir a Carlos A. Font Gavira, historiador y archivero andaluz especializado en historia de la colonia germana de Camerún.

En esta sesión, hemos conocido el desarrollo y el final del sueño colonial alemán en el golfo de Guinea debido a su derrota tras la I Guerra Mundial. Sin embargo, es poco conocida la importancia que tuvo la colonia de la Guinea Española (hoy Guinea Ecuatorial) como tierra de acogida de una ingente cantidad de colonos germanos y nativos cameruneses que, tras la invasión aliada, prefirieron escapar a territorio español, nación neutral durante el conflicto, antes que caer presos. Quienes quiera conocer más detalles, pueden escuchar el podcast:

Ranavalona I, la ambiciosa reina de Merina (Podcast 17 de «La Biblioteca de Tombuctú» – THDT)

Entrada Podcast 17

Este artículo ha sido elaborado para la sección La Biblioteca de Tombuctú del programa de radio Tras las Huellas del Tiempo. Puede escuchar el podcast aquí:

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La reina Ranavalona I de Merina, el estado hegemónico del Madagascar precolonial, es, quizá, uno de los personajes más controvertidos de la historia africana. Por un lado, fue una firme defensora de la cultura e independencia malgache frente a las apetencias coloniales francesas y británicas, pero, por otro lado, su celo unificador y su odio hacia todo lo occidental la hizo incurrir en graves errores que minaron la incipiente modernización del país.

Radama I

Radama I. Fuente: Wikimedia

Aprovechando su privilegiada posición en las tierras altas centrales de Madagascar, desde el siglo XVI el reino de Merina estaba llevando a cabo una agresiva política expansiva. El objetivo no era otro que unificar bajo su mando toda la isla de Madagascar, donde el pueblo malgache estaba dividido en una miríada de pequeños estados y etnias. Este proceso unificador se aceleró bajo el reinado de Radama I (1793-1828), quien, gracias a sus tratados con los ingleses, inició una tímida modernización que implicó la apertura de las primeras escuelas de la isla y la adopción del alfabeto latino en lugar del arábigo. Sin embargo, de la mano de los ingleses entraron numerosos misioneros y mercaderes europeos que harán que la historia de la isla cambie para siempre.

La esposa de Radama fue una princesa llamada Ramavo, la cual pertenecía a una de las principales familias de la isla. Sin embargo, fue un matrimonio sin amor: el rey prefería la compañía de otras mujeres y, además, Ramavo no le dio hijos. Si a todo esto le sumamos que su marido había mandado asesinar a varios miembros de su familia, podemos hacernos una ligera idea del odio que la princesa albergaba contra su esposo. Pese a todo, aquella despreciada mujer tenía una desmedida ambición que pronto haría que pasase a la primera línea de la política real.

Radama I - Tumba

Tumba de Radama I (a la derecha) en 1885. Fuente: Wikimedia.

Según parece, el rey Radama I tenía una pasión desmedida por la bebida que le llevó joven a la tumba. Así, cuando aún no tenía los 34 años, falleció a causa de una grave intoxicación etílica, aunque pronto muchos señalaron a Ramavo como su asesina. La sucesión de Radama fue sangrienta: la reina no dudó en asesinar a su propio sobrino –y heredero legítimo al trono- Rakotobe, para ascender al trono en 1828 con el nombre de Ranavalona (la retirada). Fue la primera monarca femenina desde la fundación del reino de Merina en 1540.

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En verde claro, expansión del reino de Merina bajo el reinado de Ranavalona I. Fuente: Wikimedia.

Decidida a continuar la labor unificadora de su marido, organizó un ejército que contaba con entre 20.000 y 30.000 soldados. Las guerras libradas contra los pueblos no merina provocaron alrededor de 60.000 muertos en los combates, y una cifra muy superior e incalculable de bajas civiles por las hambrunas derivadas del conflicto. Además, enfermedades como la malaria diezmaron al nuevo ejército, matando al 30% de sus efectivos. Otro efecto secundario fue la captura de un millón de esclavos procedentes de las regiones costeras, que hizo que dos tercios de la población de Antananarivo fuese esclava (andevo).

Ranavalona estaba convencida de que las potencias colonialistas –Francia y Reino Unido- querían acabar con el reino de Merina, por lo que mantuvo una política decididamente hostil hacia todo lo venido de Europa. Desde el rova o palacio de Antanarivo continuó con la tímida modernización del país, introduciendo avances tecnológicos europeos y una moderna burocracia al tiempo que se erigía como la defensora de las tradiciones seculares de la isla.

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Manjakamiadana de Ranavalona en Antanarivo. Fuente: Wikimedia.

La impopularidad de la reina entre los europeos se debió, sobre todo, a la violenta persecución que dirigió contra los cristianos. Aunque la gran mayoría de los malgaches seguían practicando la religión tradicional, las conversiones a la nueva fe eran cada vez más numerosas. Ranavalona, que odiaba al cristianismo por ser una importación  cultural europea, decidió el 1 de marzo de 1835 prohibir bajo pena de muerte su práctica, sometiendo  a los cristianos a la prueba del veneno (tangena), quemándolos vivos o despeñándolos, además de quedarse con todos sus bienes.

El siguiente paso antieuropeo se dio en 1857, cuando Ranavalona expulsó a todos los comerciantes europeos de la isla. La medida no excluyó al francés Laborde, propietario de un verdadero entramado industrial muy avanzado para la época, el cual le había convertido en el hombre más rico del país.

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La reina Ranavalona I, retrato de P.A. Ramanankirahina. Fuente: Wikimedia.

El bloqueo franco-británico impidió que la reina pudiese adquirir armamento moderno, tan necesario para su expansión. Además, su política militar provocará graves revueltas: en adelante, las tropas dejarán de ser alimentadas por el estado, y, por si esto fuera poco, cada provincia debía aportar 2.500 soldados fuese cual fuese su población, lo que provocó la queja de los territorios más despoblados.

A su muerte, en 1861, fue sucedida por su hijo Radama II, a quien la reina obligó a reconocer como el unigénito póstumo de su marido Radama I, a pesar de que el niño había nacido más de nueve meses después de la muerte de su supuesto padre. Su reinado, aunque breve, marcará la vuelta de los europeos al país y el fin de la persecución del cristianismo.

Shaka, rey de los zulúes (Podcast 15 de «La Biblioteca de Tombuctú» – THDT)

Entrada Podcast Shaka

Este artículo ha sido elaborado para la sección La Biblioteca de Tombuctú del programa de radio Tras las Huellas del Tiempo. Puede escuchar el podcast aquí:

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La actual república de Sudáfrica es un mosaico cultural donde conviven numerosas etnias diferentes. De todas ellas, la más conocida sin duda es la zulú, que en realidad es un subgrupo de los nguni, la macroetnia que engloba a zulúes, xhosas, swazis y ndebeles. Conocidos por su fiereza, el pueblo zulú, hoy la mayor etnia del país, fue un actor significativo en la lucha por el control del territorio sudafricano en el siglo XIX. Pero, ¿cómo surgió este pueblo?

La génesis de los zulúes hay que buscarla en la figura de su primer gran rey, Shaka. Hijo ilegítimo del jefe nguni Senzangakhona, nació cerca de Melmoth, en la actual provincia de KwaZulu Natal.

Perseguido por su condición de bastardo, Shaka vivió como pastor y cazador en las tierras del clan de su madre hasta que entró al servicio militar de Dingiswayo, jefe de Mthethwa, el estado dominante en el sureste sudafricano en aquel momento. Como todos los hombres válidos para el combate, fue insertado en un ibutho lempi, uno de los equipos de combate donde todos los soldados pertenecían a un mismo grupo de edad. Shaka pronto se distinguió por su bravura, llamando la atención del propio Dingiswayo, quien le puso al frente de un ibutho o regimiento.

Zulúes - Río Tugela

Río Tugela con las montañas Drakensberg al fondo. Fuente: Wikimedia.

A la muerte de su padre Senzangakhona, Shaka no dudó en matar a su hermano Sigujana, el legítimo heredero, con el apoyo de Dingiswayo. Pero, tras el asesinato de su protector a manos de Zwide, rey de los Nwandwe, Shaka se retiró junto a su pueblo al valle del Tugela, donde instaló su capital, Bulawayo. Aquí decide el cambio de nombre de su rama de los nguni: a partir de entonces, Shaka bautiza a su pueblo como los amaZulu, los hijos del cielo, de donde proviene el término zulú.

Shaka aún no era lo suficientemente poderoso como para poder imponer su dominio sobre la región. Hábil estratega, pronto hace crecer a su ejército mediante alianzas con otras tribus y, sobre todo, con la incorporación en su fuerza militar de los soldados de las tribus vencidas.

En 1817, Shaka había formado un ejército lo suficientemente poderoso como para poder desafiar a Zwide, el asesino de su mentor. A partir de la vieja formación del ibutho,  crea un nuevo ejército compuesto por los disciplinados impis, regimientos de 1000 soldados, dirigidos cada uno por un induna y dotados de grandes escudos y azagayas cortas para el combate cuerpo a cuerpo. Esto suponía toda una novedad, ya que hasta entonces la lanza era concebida como un arma arrojadiza.

En la batalla de la colina de Gqokli contra Zwide (1818), Shaka estrena su táctica  Impondo Zankomo –los cuernos de búfalo-, en la que sus tropas, dispuestas en forma de cuernos de vaca, eran capaces de rodear por los flancos a sus enemigos, al que se le cortaba cualquier posible escapatoria. Forzándolo a luchar, los soldados de los cuernos de la formación empujaban al enemigo hacia el centro, donde se ubicaban los soldados más veteranos, quienes terminaban la masacre.

En 1820, Shaka vuelve a derrotar a Zwide en la batalla del río Mhlatuze: a partir de entonces, los Nwandwe escapan de los zulúes, comenzando el período llamado Mfecane o Gran Machacamiento. Las guerras zulúes causaron la muerte de entre uno y dos millones de personas, principalmente por los desplazamientos forzosos de población y las hambrunas provocadas por la guerra.

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Situación política de Sudáfrica en tiempos de Shaka. En marrón oscuro, al este, los territorios controlados por los zulúes.

Shaka logró dominar un territorio de unos 30000 km2 habitado por cerca de 250.000 personas, una cifra muy modesta si lo comparamos con los imperios africanos clásicos, pero muy significativa en una región étnicamente muy fragmentada. Además, había creado una maquinaria de guerra perfecta, militarizando a la sociedad zulú: sólo se permitía el matrimonio de los guerreros más valerosos, y el servicio militar podía durar décadas.

En septiembre de 1828, Shaka fue asesinado por dos de sus medio-hermanos y un induna, quienes le tendieron una emboscada. Los conspiradores arrojaron el cuerpo del genial rey zulú a un silo de pozo, donde lo cubrieron con barro y piedras, sin que se sepa dónde está su sepultura. Le sucedió Dingane (1828-1840), uno de sus medio-hermanos homicidas, quien, carente de la capacidad estratégica de Shaka, habrá de claudicar frente a los granjeros bóeres.

El legado de Shaka sigue siendo muy importante en Sudáfrica. Nadie pone en duda su capacidad como jefe militar, quizá el más brillante de la historia africana. Durante los espantosos años del Apartheid, mientras la minoría blanca intentaba convencer a la mayoría negra de su inferioridad racial, los zulúes y sus pueblos hermanos recordaban con orgullo las gestas de Shaka.

La Batalla de Adua (Podcast 14 de «La Biblioteca de Tombuctú» – THDT)

Cabecera Podcast 14

Este mes de marzo se cumplen 120 años de la batalla de Adua, de la que hablamos largo y tendido en una entrada anterior. Aprovechamos nuestra colaboración con el programa Tras las Huellas del Tiempo para dedicarle la sección semanal de la Biblioteca de Tombuctú. Podéis escuchar y descargar el audio aquí:

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Tombuctú, Al-Ándalus y el Fondo Kati (Podcast 13 de «La Biblioteca de Tombuctú» – THDT)

Podcast 13

Este artículo ha sido elaborado para la sección La Biblioteca de Tombuctú del programa de radio Tras las Huellas del Tiempo. Puede escuchar el podcast aquí:

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Nuestros Nobles Parientes - PortadaEn esta sesión viajamos a Tombuctú, ciudad que da nombre a nuestra sección, para conocer el espectacular Fondo Kati de la mano de Luis Temboury, escritor e investigador malagueño. Este autor ha publicado el libro Nuestros Nobles Parientes (Ediciones del Genal, 2015)en el que, al trazar la historia africana, pone de relieve las estrechas y casi desconocidas relaciones entre África y España.

Además de adentrarnos en el mundo escasamente conocido  de las bibliotecas de Tombuctú -especialmente el Fondo Kati, que tiene raíces españolas-, durante la entrevista conocimos historias como la de Yuder Pachá, morisco almeriense que a finales del siglo XVI conquistó el imperio Songhai para Marruecos. El propio Yuder quedó en Tombuctú con el cargo de gobernador, aunque gracias a la lejanía de la entonces capital marroquí, Marrakech, la ciudad se gobernó de manera autónoma durante casi dos siglos. Ésta y otras historias aparecen recogidas en su extensa obra, dividida en dos volúmenes,  la cual sirvió de hilo conductor para la entrevista.

El Estado Libre del Congo y el tren de la muerte (Podcast 12 de «La Biblioteca de Tombuctú» – THDT)

12 - El Estado Libre del Congo y el tren de la muerte

Este artículo ha sido elaborado para la sección La Biblioteca de Tombuctú del programa de radio Tras las Huellas del Tiempo. Texto original: Ewa Skurczynska. Puede escuchar el podcast aquí:

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Todo el continente africano tiene hondas cicatrices en su historia, recuerdo de la colonización europea. No hubo región africana colonizada que no experimentase la explotación sistemática de sus habitantes, reducidos poco menos que a la servidumbre, la rapiña de sus recursos o la crueldad racista de los amos europeos, cuyos delirios y ambiciones insensatas supusieron la muerte de miles de africanos. Pese a que todo esto se repitió, si bien de un modo más o menos benéfico, por toda la geografía del continente negro, hubo un lugar en el que los horrores del colonialismo fueron especialmente terribles: el Estado Libre del Congo, creado por el rey Belga Leopoldo II. Irónicamente, pese a tener en su nombre la palabra libre, en pocos territorios del mundo se ha sometido al ser humano a una esclavitud tan surreal como aterradora.

El nacimiento del Estado Libre del Congo: el capricho de un rey

Antes del siglo XIX las potencias europeas habían establecido puestos comerciales por toda la costa africana, si bien no se había penetrado en el interior. Gracias a los avances técnicos –y, especialmente, a la quinina-, los exploradores pudieron penetrar en el desconocido interior africano, descubriendo nuevos territorios que ofrecían incontables recursos vírgenes. La máquina del colonialismo no tardó en ponerse en marcha con Inglaterra y Francia a la cabeza, seguidas por otras potencias como Alemania, Portugal, Italia, Bélgica y España, procediendo a repartirse entre ellas el botín africano en la célebre Conferencia de Berlín de 1884.

Leopoldo II

Leopoldo II. Fuente: Wikimedia.

Puede sorprender la presencia de Bélgica en la lista de países colonizadores de África, teniendo en cuenta sus modestas proporciones, pero es que en aquella época ocupaba el trono belga Leopoldo II, un hombre de ambición desmedida, que luchó con ahínco para que su país contase con territorios que colonizar, ya que creía que su nación, industrialmente potente, los necesitaba. Sin embargo, la opinión pública belga no se mostraba a favor del colonialismo, aunque esto no le frenó, ya que adquiriría una colonia no ligada al estado belga, sino a sí mismo como soberano.

Al rey Leopoldo le valía cualquier sitio que pudiera ser explotado económicamente. Tras comprobar que no podía obtener una colonia en Asia, centró sus esfuerzos en el África Central, organizando en 1876 la Association Internationale Africaine (AIA), destinada a planear la colonización efectiva del territorio de la cubeta del Congo. Obviamente, las intenciones de explotación se ocultaron bajo una máscara de filantropía, pues los europeos civilizados pretendían llevar al Congo el progreso, el cristianismo y librar a los nativos de los traficantes de esclavos de Zanzíbar.

El rey y el explorador

Sin embargo, en aquella época del río Congo se conocía poco más que su desembocadura. Varios exploradores, Lovett Cameron, Brazza y Stanley se adentraron río arriba con el objetivo de descubrir cómo era la cuenca del Congo. No se esperaba gran cosa del segundo río más importante de África, ya que, debido a la existencia de una secuencia de 32 rápidos y cataratas no demasiado lejos de su desembocadura, no era navegable. En cuanto a esto, el explorador Stanley, cuyos servicios fueron finalmente contratados por el rey belga, descubrió que a partir de la Stanley Pool[1], un inmenso lago formado por el río, el Congo era navegable, suponiendo una vía de comunicación magnífica para penetrar en el interior de África.

Stanley propuso a Leopoldo construir un ferrocarril que sortease los rápidos del Congo, bautizados como Cataratas Livingstone, partiendo desde Matadi, aún hoy el principal puerto congoleño, hasta la orilla del Stanley Pool, donde se construiría un pequeño puerto, Leopoldville[2], a partir del cual se podía remontar fácilmente el río Congo.

La lucha por el Congo

El proyecto de Stanley interesó al monarca belga, que se puso manos a la obra arriesgando dinero de sus propios fondos. Tras la quiebra de la AIA en 1879, fundaron la Association Internationale du Congo (AIT), que pretendía fomentar el comercio y la industria en un vasto territorio de más de 2.000.000 de km2. Stanley era el hombre del rey sobre el terreno; hizo firmar a los jefes de tribu del área acuerdos de monopolio comercial con la AIC que, con el tiempo, pasaron a ser cesiones de soberanía, pues los franceses, portugueses e ingleses amenazaban con arrebatar al soberano belga los territorios que ambicionaba. Huelga decir que dichos jefes tribales no sabían lo que firmaban, a pesar de que condenaban a sus pueblos a una servidumbre nunca vista. Gracias a las promesas de libre comercio por el territorio congoleño, Leopoldo consiguió que las potencias europeas reconocieran su soberanía sobre el territorio en la Conferencia de Berlín de 1884. Irónicamente, y pese a sus promesas de liberar a los nativos de la esclavitud, Leopoldo no dudó en congraciarse con Tippu Tip, un traficante de esclavos zanzibarino, a cambio de que éste reconociese su soberanía al este del Congo.

El Estado Libre del Congo

Finalmente, el 1 de agosto de 1885 nacía el Estado Libre del Congo, regido por Leopoldo II como si fuese un monarca absoluto, al tiempo que era rey constitucional de Bélgica. El nuevo estado era, con sus 2.340.00 km2, 67 veces más grande que Bélgica. Se estableció la capital en Boma, aunque el centro de decisiones se encontraba en Bélgica, en la corte de Leopoldo II, quien jamás pisó el Congo.

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Mapa del Estado Libre del Congo en 1892. Fuente: Wikimedia.

El vasto territorio se dividió en 14 distritos, pero el verdadero reparto del país se efectuó a través de las concesiones territoriales a diversas compañías comerciales (Kasai, Anversoise, Katanga, etc.) encargadas de explotar, principalmente, el caucho, la madera y el marfil. El propio rey se reservó nada menos que 250.000 km2 –la mitad de la superficie de España- como Domaine de la Couronne, una región entera para su enriquecimiento personal. Los nativos eran forzados a trabajar gratis para las compañías en jornadas maratonianas de hasta 16 horas, principalmente en la explotación del caucho, lo que les impedía cultivar la tierra o cazar, por lo que no tardó en aparecer el hambre. Para que el sistema pudiera funcionar, se creó la Force Publique, el ejército colonial, que no dudaba en masacrar a poblaciones enteras si sus jefes se negaban a ceder a los hombres válidos para el trabajo a las compañías. Se establecieron castigos draconianos como el de cortar las manos a los indígenas que gastasen balas cazando, lo que provocó que el número de mutilados creciese de un modo espantoso. El empleo del chicotte, un látigo de piel de hipopótamo, marcaba la carne de los nativos con cicatrices horrorosas.

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Niños congoleños mutilados. Fuente: Wikimedia.

El tren entre Matadi y Léopoldville

La construcción del ferrocarril que uniese la desembocadura navegable del Congo con la Stanley Pool, evitando las cataratas Livingstone al atravesar las montañas de Cristal, supuso una pieza clave para el desarrollo de la colonia. Una de las exigencias planteadas por Leopoldo a franceses y portugueses fue que, si bien podían quedarse con la mayor parte de la franja costera atlántica, debían reservarle el puerto de Matadi y una porción de terreno suficiente para construir este ferrocarril, cuya importancia se debía a que el trayecto a pie entre Matadi y Léopoldville tardaba casi tres semanas. La explotación intensiva del caucho en el interior congoleño exigía la construcción de una vía férrea para dar salida a la producción, por lo que en 1890 comenzaron los trabajos de construcción de los 387 km de línea, que sólo acabaron en 1898.

Mapa del Bajo Congo - 1913

Mapa del Bajo Congo en 1913, donde se aprecia en negro el trazado de la línea férrea. Fuente: Wikimedia.

A pesar de ser una obra de proporciones modestas, nos encontramos ante uno de las mayores tragedias constructivas del hombre moderno. A diferencia de Europa, donde construir un ferrocarril similar no hubiese supuesto tanto tiempo, debemos tener en cuenta que en esta parte del mundo no existían infraestructuras ni ningún tipo de comodidad que facilitase la construcción; al contrario, un territorio casi virgen, de difícil orografía y con la sempiterna amenaza de las enfermedades –malaria, disentería, beri-beri, etc- hizo que, por ejemplo, para construir los primeros 22 km se tardasen 3 años.

Se empleó una ingente cantidad de mano de obra nativa, si bien no se dudó en importar trabajadores de Barbados, Sierra Leona o incluso de China. Las condiciones de trabajo habrían hecho ruborizar al peor tratante de esclavos: los hombres, mal alimentados y afectados por las enfermedades, sufrían constantes accidentes debido a lo penoso de la situación y, además, tenían que soportar hasta latigazos de los capataces. Los trabajadores europeos, muy poco numerosos, no aguantaban demasiado tiempo en estas condiciones, por lo que muchas veces rompían su contrato y volvían a casa; los trabajadores africanos y asiáticos no tenían esa suerte. No es de extrañar que la mortalidad entre los trabajadores fuese altísima, aunque las cifras están maquilladas: según los cálculos oficiales belgas, murieron 1800 obreros, de ellos sólo 132 blancos, aunque no pocos autores creen que esta cantidad sólo refleja los muertos de los dos primeros años de la obra, pudiendo ser la cifra real muy superior.

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Rápidos de Livingstone en las cercanías de Kinshasa. Fuente: Wikimedia.

La inauguración de la línea fue todo un evento social en la colonia. La llegada del primer tren a Léopoldville fue saludada con salvas de cañón y recibida por las autoridades, que ese mismo día inauguraron un monumento a los porteadores a los que había liberado el tren. Huelga decir que no se mencionó el coste de sangre del ferrocarril que, todo hay que decirlo, logró su objetivo, ya que se dispararon las exportaciones de caucho a nada menos que 11 millones de toneladas anuales, convirtiendo a Léopoldville en el puerto con más tráfico del África Central.

Un legado sangriento

Roger Casement

Retrato de Roger Casement. Fuente: Wikimedia.

Los crímenes del régimen colonial de Leopoldo II no pudieron ocultarse durante demasiado tiempo. Los misioneros y algunos de los trabajadores europeos dieron los primeros testimonios de los abusos a los nativos, que provocaron que el Reino Unido enviase en 1903 al cónsul Roger Casement para investigar sobre el terreno. Tras recorrer durante seis meses el Congo, elaboró un informe en el que no escatimó detalles del horror que se vivía en la colonia belga. Su publicación supuso tal shock que puso en entredicho la labor supuestamente civilizadora del rey de los belgas que, presionado por la comunidad internacional, tuvo que ceder la gestión del territorio al estado belga, si bien esto no supuso un gran cambio de la condiciones de vida y explotación de los congoleños. La heroica aportación de Casement se relata en el libro El sueño del celta de Mario Vargas Llosa.

Los abusos del colonialismo supusieron que la población del Congo, estimada antes de la colonización entre 20 y 30 millones de personas, pasase a sólo 9 millones, muriendo entre 10 y 15 millones de seres humanos víctimas del hambre, las enfermedades y la brutalidad del régimen colonial.

Aún hoy el Congo sigue sufriendo las secuelas de su pasado. Su proceso de descolonización, torpemente realizado, dio paso a una serie de gobiernos dictatoriales y guerras civiles que han dejado un rastro sangriento en un país frágil habitado por más de 71 millones de seres humanos, pertenecientes a unas 200 etnias diferentes.

[1] Actual Malebo Pool.

[2] Leopoldville fue rebautizada tras la independencia como Kinshasa.

Beatriz Kimpa Vita y el Movimiento Antoniano del Congo (Podcast 11 de «La Biblioteca de Tombuctú» – THDT)

Entrada Podcast Kimpa Vita

Este artículo ha sido elaborado para la sección La Biblioteca de Tombuctú del programa de radio Tras las Huellas del Tiempo. Puede escuchar el podcast aquí:

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1483 supuso un punto de inflexión en la historia del reino de Kongo o Congo, ubicado en la desembocadura del río homónimo, en África Central. Aquel año llegaron los primeros portugueses a sus costas, quienes arribaron con ánimo de comerciar y de evangelizar.

El catolicismo será muy bien acogido por los bakongo, bautizándose al propio rey Nzinga a Nkuwu como João I, y cambiándose el nombre de la capital de Mbanza Kongo a São Salvador. Bajo el reinado de Affonso I (1506-1543) el catolicismo se convirtió en la religión oficial del Kongo, al tiempo que la influencia portuguesa crecía.

La evangelización del pueblo congoleño no fue fácil, principalmente por la falta de sacerdotes entrenados. A pesar de que el manikongo (el rey) pedía constantemente al rey luso el envío de sacerdotes, pocos se atrevían ir a aquella remota tierra africana donde los blancos morían al poco tiempo de terribles enfermedades. Además, las creencias tradicionales pervivían con fuerza.

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Ruinas de la catedral de Mbanza Kongo , Angola. Fuente: city.0932.ru

Pese a todo, el catolicismo logró cobrar cierta fuerza entre los bakongo, la mayoría de los cuales afirmaban haber comido sal (yadia mungwa), que era la manera en que llamaban al bautismo, ya que se colocaba algo de sal en la boca de los bebés en el momento bautismal.

Dos siglos después del reinado de Affonso I, el antaño poderoso Kongo  estaba inmerso en una cruenta guerra civil que desangraba al país desde 1665, en la cual se enfrentaban las casas de Kimpanzu y de Kinlaza.

En este contexto de guerra y desesperanza nació en 1684 Beatriz Kimpa Vita, originaria de las montañas de Kibangu, en la parte oriental de Kongo. Criada como nganga marinda, una especie de adivina de los cultos tradicionales bakongo, hacia  1700 abandonará dichas creencias para abrazar con fervor el catolicismo. En 1704, cuando tenía 20 años, sufrió una enfermedad terrible que le producía fiebres y alucinaciones. Una noche, cuando nadie daba nada por su vida, se le apareció San Antonio de Padua, quien le aseguró que había bajado a la tierra para reunificar el reino de Kongo. Poseída por el santo, la joven se levantó de la cama completamente sana, dispuesta a comenzar su misión divina. Nacía así el movimiento antoniano.

Poco tiempo antes, una profetisa llamada Makufa había predicado por los montes de Kibangu que Jesús planeaba castigar al reino de Kongo por su impiedad. Esta mujer apoyará a Kimpa Vita.

El nuevo credo de la profetisa incluía unos sorprendentes orígenes negros del cristianismo, convenientemente ocultados por los blancos. Ella aseguraba que Cristo había nacido en Mbanza Kongo, que era el verdadero nombre de Belén, y que María era la hija de una esclava de la marquesa Mzimba Mpangi. Además, también alteró oraciones clásicas cristianas como la Salve, a la que modificó hasta crear su Salve Antoniana.

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Portugueses recibidos en audiencia por el rey de Kongo. Fuente: Wikimedia.

El movimiento antoniano creció pronto con fuerza. Intentó entrevistarse con los dos candidatos al trono, João II y Pedro IV, quienes la rechazaron, tras lo cual en 1605 se instala con sus seguidores en las ruinas de la antigua capital bakongo, Mbanza Kongo, construyendo su residencia donde antaño estuvo la catedral. Miles de campesinos seguían a la profetisa, ensimismados por su personalidad. Los Pequeños Antonios, verdaderos misioneros, se encargaron de predicar por todo el país la buena nueva de Dona Beatriz Kimpa Vita.

A pesar del sesgo popular del antonianismo, también algunos miembros de la nobleza se convirtieron a esta peculiar versión del cristianismo bakongo. Cuando el rey Pedro IV observó que no sólo uno de sus comandantes se había convertido al antonianismo, sino que su propia mujer, Hipólita, lo veía con buenos ojos, pasó de una posición neutral a una abierta hostilidad.

En 1706, tropas leales al rey Pedro IV capturan a la profetisa, la cual es llevada a la capital petrina, Evululu. Juzgada por herejía y brujería en un tribunal eclesiástico presidido por los capuchinos Bernardo da Gallo y Lorenzo da Lucca, fue condenada a la hoguera.

Su muerte no supuso el fin del antonianismo. Sus adeptos pensaban que aún vivía, y seguían habitando entre las ruinas de la antigua capital. Harto del antonianismo, el rey Pedro IV, portando sólo una cruz, se pone a la cabeza del ejército que ataca Mbanza Kongo el 15 de febrero de 1709, derrotando al nuevo líder antoniano, Pedro Constantino da Silva, quien fue decapitado. Así se puso fin a la herejía.

El movimiento antoniano conjugó el creciente malestar de una población harta de años de guerra civil, abusos nobiliarios y cazas de esclavos. Kimpa Vita quiso crear un estado nuevo, con un rey fuerte a la cabeza y una iglesia plenamente bakongo, la cual reconocía la autoridad papal pero no aceptaba la entrada de misioneros europeos. Finalmente, el movimiento fracasó, pero irónicamente su destrucción implicó el fin de la guerra civil, ya que Pedro IV acabaría derrotando a su rival João II ese mismo año. Sea como fuere, el reino de Kongo nunca recuperaría su antiguo esplendor.

Gran Zimbabue, la ciudad de piedra del África Austral (Podcast 10 de «La Biblioteca de Tombuctú – THDT)

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Este artículo ha sido elaborado para la sección La Biblioteca de Tombuctú del programa de radio Tras las Huellas del Tiempo. Puede escuchar el podcast aquí:

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Durante mucho tiempo, las espectaculares ruinas del Gran Zimbabue (Great Zimbabwe en inglés) asombraron a los aventureros y colonizadores europeos, para quienes las gigantescas estructuras de piedra que encontraron eran algo impensable en el corazón del África Negra. El primer europeo que las conoció fue el portugués Vicente Delgado, quien en 1531 habla de un lugar llamado Symbaoe.

Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, las ruinas de Zimbabue comenzaron a ser estudiadas por los colonizadores europeos. Como se presuponía que ninguno de los pueblos autóctonos era capaz de erigir semejantes construcciones, pronto aparecieron las más variopintas hipótesis sobre su origen: la que más fuerza cobró fue que se trataba del legendario reino de Saba, entre otros sinsentidos. Mientras, se silenciaban las investigaciones que indicaban que los restos eran medievales y de origen bantú. Se afirmaba con gran ligereza que las grandes construcciones de piedra habrían sido construidas por árabes o fenicios como colonias mineras, nunca por africanos. Durante la existencia de la república de Rodhesia (1965-1979), dirigida por una minoría blanca que mantenía a la mayoría negra bajo un régimen de apartheid, se promovieron estas tesis racistas.

Aunque los orígenes siguen sin estar claros, la mayoría de especialistas indican hoy que el Gran Zimbabue fue fundado en el siglo XI por los ancestros del pueblo shona, la cultura de Gokomere. Las condiciones para el desarrollo humano de la región eran óptimas: no en vano, esta cultura ocupaba la mayor parte de una meseta entre los grandes ríos Zambeze y Limpopo, apta para la ganadería y rica en minerales.

Gran Zimbabue - Vista aérea de Poniente

Vista aérea de Poniente del yacimiento. A la izquierda se observa la forma oval del Gran Recinto. Fuente: Wikimedia Commons.

En principio, la base de la economía fue la ganadería, muy por encima de la agricultura, aunque pronto se comenzaron a explotar las minas de cobre y oro que atrajeron a los comerciantes árabes instalados en la costa del actual Mozambique.

Este estado ganadero, al que los arqueólogos e historiadores denominan reino de Zimbabue, comenzó durante el siglo XIII a construir grandes recintos amurallados de carácter ceremonial y otros más pequeños que contenían casas circulares de piedra. Emplearon el granito local, trabajándolo en bloques regulares unidos sin argamasa, formando estructuras robustas y muy resistentes. Pese a todo, las murallas no se construyeron con fines defensivos, ya que parece ser que eran formas de expresión de prestigio.

Se estima que la ciudad contó con entre 10.000 y 20.000 habitantes, quienes gozaban de una posición de privilegio conseguida gracias a la explotación de sus riquezas minerales, principalmente el oro, que eran intercambiadas por bienes como la seda china. El principal puerto de exportación era la ciudad suajili de Kilwa, en Tanzania.

Gran Zimbabue - Torre cónica

Torre cónica del Gran Recinto. Fuente: Wikimedia Commons.

Los restos del yacimiento se organizan en grandes conjuntos: el más importante es el Gran Recinto, rodeado por una gran muralla y con su distintiva torre cónica, que se cree representaba los tributos de grano entregados al rey. Se piensa que, por sus dimensiones, era empleado por el rey como residencia.

Gran Zimbabue - Pájaro de esteatitaCerca se ubica el Complejo de la Colina, el cual incluye al Recinto Oriental y el Occidental, construidos sobre un escarpe granítico. Probablemente tuvo un uso religioso, como parecen indicar las plataformas sobre las que se clavaba un poste en cuya parte superior se colocaba uno de los célebres Pájaros de Zimbabue, pequeñas esculturas talladas en esteatita (imagen de la izquierda). Nadie sabe a qué especie representan, pero que una de las formaciones rocosas de la propia colina se parezca a estas tallas indica algún tipo de relación religiosa. De los ocho encontrados hasta la fecha, seis aparecieron aquí. Los cultos que pudieron desarrollarse en esta colina nos son desconocidos, aunque se baraja que estuvieran relacionados con el culto a los antepasados.

Si bien el asentamiento más conocido es el de Gran Zimbabue, su propio nombre indica que hay otros zimbabues (casa de piedra en shona). Se han registrado más de 200 yacimientos de menor tamaño, algunos de ellos organizados alrededor de uno más grande, que quizá compusieran otros reinos. Los principales yacimientos son Manyikeni (Mozambique), Khami y Bumbusi.

Reconstrucción

Reconstrucción del interior del Gran Recinto. Fuente: Garlake, P. (1982). Life at Great Zimbabwe.

El declive del reino de Zimbabue comienza a finales del siglo XV, probablemente por la sequía, la sobreexplotación agrícola y la tala masiva de árboles. Además, las rutas comerciales empezaron a desviarse hacia el norte al tiempo que bajaba la producción de oro. A comienzos del siglo XVI, sus habitantes habían abandonado por completo la ciudad. El vacío político que dejó Zimbabue será ocupado por nuevas formaciones políticas, destacando el reino de Mutapa.

La huella del reino Zimbabue sigue muy presente en la vida de la presente república homónima. La etnia mayoritaria, los shona, son los orgullosos descendientes directos de los constructores de tan increíble civilización, e incluso uno de los Pájaros de Zimbabue aparece en la bandera nacional.

El imperio de Ghana (Podcast 9 de «La Biblioteca de Tombuctú – THDT)

Podcast 9 - Ghana

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La sabana regada por el río Níger, en África Occidental, es la cuna de algunas de las más importantes civilizaciones de la humanidad. Aquí se desarrollaron imperios como el de Songhai, Mali o Ghana, el cual no hay que confundir con el actual estado homónimo, mucho más al sur.

La existencia de la poderosa Ghana la conocemos gracias a los trabajos de varios historiadores musulmanes, destacando Ibn Hawqal y el cordobés al-Bakri. A comienzos del siglo III de nuestra era, el pueblo soninké se instala en la vasta región situada entre las curvas divergentes de los ríos Níger y Senegal.

No sabemos mucho de ellos, aunque la tradición legendaria recogida en el Tarij as-Sudan (Historia del Sudán, de Abd al-Sadi) indica que fue fundada por una dinastía blanca de origen semita, la cual dio 44 gobernantes hasta que el mestizaje con los nativos dio lugar a una dinastía negra. Mahmud Kati, en su Tarij al-Fettash, narra que el cambio dinástico se debió a un golpe de estado orquestado por cortesanos negros, los cuales le entregaron el trono a un rey negro, el Kaya Maghan (el dueño del oro), fundador de la dinastía reinante de los Cissé.

Imperio-Ghana

Mapa de la extensión aproximada de Ghana. Fuente: elaboración propia.

Ghana o Wagadu (país de los rebaños) ocupaba un amplio espacio entre los ríos Senegal y Níger, que en aquella época tenía un clima más húmedo que hoy, propiciando la ganadería y la agricultura. Se trataba de un imperio multiétnico, con pastores bereberes de origen sinjaya, y agricultores negros ba fur, soninké y songhai.

El imperio logró su máxima extensión en el siglo X, cuando controlaba el acceso a las minas de oro del sur y tenía subyugados a varios reinos (Tekrur, Walata, etc.). La economía se basaba en la agricultura de subsistencia y la ganadería, pero tenía un pilar fundamental en la actividad comercial.

Al sur se hallaban regiones cuyos ríos producían pepitas de oro en abundancia, del que Ghana actuaba como centro distribuidor hacia el Magreb. El comercio aurífero era monopolio del rey, que controlaba la distribución de las pepitas del preciado metal para evitar la devaluación. El oro circulaba sobre todo en forma de polvo, como parece confirmar el hallazgo de juegos de pesas y medidas de cantidades tan pequeñas que sólo pudieron usarse para pesar metales preciosos.

Los mercaderes magrebíes trataban de evitar a los intermediarios ghaneses viajando ellos mismos a las zonas de producción aurífera. Allí se producía el famoso comercio mudo del oro: en un punto dado, los comerciantes dejaban sus mercancías, volviendo a su campamento. Durante la noche, los nativos dejaban junto a los productos la cantidad de oro que consideraban justa. Al día siguiente, los mercaderes volvían y, si consideraban apropiada la cantidad, recogían el oro y se iban; si no, marchaban sin tocar nada, esperando que a la noche siguiente les trajeran más oro. El proceso se repetía hasta que ambas partes quedaban satisfechas. De esta manera, se evitaba el contacto directo con los musulmanes, famosos por su proselitismo religioso.

La organización política estaba encabezada por el tunka (emperador), quien todos los días realizaba dos rondas por la ciudad, dedicando la primera a impartir justicia. La sucesión al trono era matrilineal: el emperador era sucedido por el hijo de su hermana.

Existía también un Gran Consejo Real en el que también encontramos esclavos libertos e incluso musulmanes, ya que se les apreciaba especialmente por sus conocimientos técnicos.

Con respecto a la religión, la corte y, con seguridad, la mayoría de la población practicaba la religión tradicional, en la que la deidad principal era el Wagadu-Bida, el dios serpiente protector de los Cissé. El islam era tolerado en el país, permitiéndose la construcción de mezquitas y barrios musulmanes segregados.

Tegdaoust - Mezquita

Mezquita de Tegdaoust, Mauritania, uno de los principales centros urbanos de Ghana. Fuente: UNESCO.

El yacimiento de Kumbi Saleh, al sur de la actual Mauritania, se cree que fue la capital de Ghana debido a la extensión de sus restos, los cuales han sido datados entre los siglos VI y XI. La existencia de edificios de piedra y grandes extensiones de cementerios han ayudado a afianzar la idea de que éste fue el principal centro urbano ghanés. Por otro lado, al-Bakri, al describir la ciudad en el siglo XI indica que se dividía en dos grandes barrios: uno para los comerciantes y artesanos musulmanes, y otro, situado a seis millas, donde se ubicaba el palacio real. Los restos pertenecen al barrio musulmán, sin que se hayan encontrado aún los vestigios del barrio real.

El imperio de Ghana entra en decadencia en el siglo XI. En aquella época, los almorávides han comenzado a construir su imperio, interrumpiendo o desviando las rutas del comercio transahariano. El tunka Menin, hijo de Basi –los dos únicos monarcas cuyo nombre conocemos- asiste a la destrucción de Koumbi Saleh a manos de los almorávides (1076), que permitirán la existencia de Ghana a cambio de un oneroso tributo. El antaño poderoso imperio será absorbido por el pueblo sosso en el siglo XII.

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