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Campo de estelas de Aksum: las estelas 2 y 3.

El viaje de Gondar a Aksum lo hicimos en avión para intentar ahorrarnos el largo trayecto en minibús, que dura unas seis horas –con suerte y buen tráfico- y exige cambiar en Shire a otro minibús. Pero tuvimos mala suerte con el tiempo, ya que una tormenta fortísima provocó la cancelación de nuestro vuelo, teniendo que esperar un día más en Gondar. El avión hace escala en Lalibela, por lo que en total dura un poco más de una hora y media.

Una vez en Aksum, entramos a la ciudad por su barrio más moderno. La carretera del aeropuerto se transforma en una bonita avenida de palmeras y acacias jalonada por multitud de edificios en construcción, bastantes de ellos acristalados, probablemente destinados a ser hoteles. Nuestro hotel es uno de los muchos que han aparecido en los últimos años y, aunque es relativamente nuevo, ya parece algo ajado. Por lo que pudimos ver, es lo común en todos los establecimientos turísticos de Aksum.

La ciudad actual no refleja apenas nada de su antigua gloria, cuando entre los siglos III y VII de nuestra era dominaba las rutas comerciales que unían el Índico con el Mediterráneo por el Mar Rojo. Y es que Aksum es, salvando las distancias, la Roma etíope por la gran cantidad de ruinas que alberga, y también por su significación religiosa para los etíopes.

Los primeros restos arqueológicos que podemos ver los encontramos en el parque de Ezana, un jardincillo triangular casi completamente ocupado por un bar. En él hay numerosos restos de capiteles, basas de columnas e incluso una de las inscripciones trilingües de Ezana.

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Estelas 1 (rota en el suelo), 2 y 3.

El parque de las estelas y Santa María de Sión

Desde la plaza central, presidida por un enorme sicomoro, caminamos hacia el parque de las estelas por una avenida adoquinada. A nuestra derecha, en una pradera, yacen los restos de varios tronos ceremoniales, tallados en granito y otras piedras resistentes para conmemorar las hazañas de los reyes aksumitas. Al fondo, dominando una gran plaza, se alzan las estelas que dan fama a la ciudad. Pero, ¿quién y por qué se construyeron?

Por lo que sabemos, las estelas más altas y elaboradas marcaban los lugares de enterramiento de la realeza. Sin embargo, no se han encontrado inscripciones que nos indiquen a qué reyes pertenecían exactamente. De las varias decenas de estelas, las más importantes son tres, datadas hacia el siglo III y talladas en granito. La estela número 1, de 33 metros de alto y 517 toneladas de peso, yace rota en el suelo, rompiéndose probablemente cuando estaba siendo erigida. Tallada en sus cuatro lados representando un palacio de varias plantas, es más alta que cualquier obelisco egipcio. A su lado se han encontrado los restos de un gran edificio funerario subterráneo, bautizado como el Mausoleo.

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Pasillo central del Mausoleo.

La estela 2, llamada de Ezana, con 24 metros de altura, fue llevada por los italianos en 1937 como trofeo a Roma, siendo devuelta a Etiopía en 2008. Por último, la número 3, la única que se ha mantenido siempre en pie, mide 21 metros y no está tallada en su cara posterior, siendo probablemente la más antigua de todas ellas. Cerca de las estelas podemos visitar otros sitios de interés, como el museo arqueológico o las tumbas de la Puerta Falsa y de los Arcos de Ladrillo.

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La iglesia nueva de Santa María de Sión.

Frente a las estelas, en la misma plaza, se encuentra la iglesia de Santa María de Sión, distinguible por su gran cúpula de estilo neobizantino. Construida por Haile Selassie en la década de los 60, es el mayor templo cristiano de Etiopía. No en vano, sustituye como catedral a la más modesta iglesia original, ubicada en el recinto llamado “el monasterio”, vetado a las mujeres. Tanto la iglesia nueva como la vieja, junto con la capilla de las Tablas, forman el recinto más sagrado de la iglesia etíope.

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Fachada de la iglesia vieja de Santa María de Sión.

Y es que la iglesia antigua de Santa María de Sión ocupa el lugar de un templo mucho mayor construido por el rey Ezana en el siglo IV, probablemente la primera iglesia cristiana del país. Desde su fundación funcionó como sede del abuna, el único obispo consagrado por Alejandría y máxima autoridad de la ortodoxia tewahedo, que hoy reside en Addis. El templo actual es mucho más modesto en dimensiones que el original, ya que fue destruido dos veces, por la reina Gudit en el 980 y durante la yihad de Ahmad Graññ (1529-1543), y reconstruido por el emperador Fasiladas en el siglo XVII.

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La capilla nueva y la vieja de las Tablas, donde se guarda el Arca de la Alianza.

El Arca de la Alianza

Detrás de la iglesia antigua, observamos dos pequeñas capillas cupuladas. La primera, de color verde, tiene un aspecto avejentado y se dice que en su interior se guarda nada menos que el Arca de la Alianza; a su lado, otra capilla nueva de cúpula dorada espera su turno como nuevo refugio de tan importante reliquia.

¿Cómo llegó el Arca desde Jerusalén a Aksum? La leyenda nos dice que fue Menelik, primer emperador de Etiopía y fruto del breve romance entre Salomón y la reina de Saba, quien se la robó a su padre cuando le visitó una vez cumplida su mayoría de edad. Los israelitas no pudieron alcanzar a los ladrones, ya que el Arca deseaba abandonar Jerusalén e instalarse en Aksum, lo que les permitió viajar a gran velocidad. Desde entonces, según la tradición, el Arca permanece custodiada en su capilla, sin que nadie más que el guardián pueda entrar en ella. Obviamente, esto es más un mito que una realidad, ya que en el siglo X a.C., que es cuando esta historia supuestamente tuvo lugar, ni siquiera había asentamientos sabeos en la región.

Los restos arqueológicos del norte y Abba Pantalewon

Volviendo al campo de estelas, conviene perderse por el bonito parque que, a orillas del torrente Mai Hejja, nos lleva hacia las afueras de la ciudad por su parte norte. El jardín está lleno de estelas ya no tan espectaculares como las reales, pero que crean un conjunto pintoresco. Una de ellas dicen que muestra al Arca de la Alianza –aunque en realidad parece más bien un edículo de aspecto grecorromano- y la usan como evidencia de que el Arca está realmente en la ciudad.

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Mai Shum, también conocido como los Baños de la reina de Saba.

Cerca de allí hay un gran estanque artificial, el Mai Shum, al que se le conoce con el poético nombre de los Baños de la reina de Saba. Excavado en época aksumita, fue ampliado en los siglos siguientes y, según cierta teoría, es el estanque que da nombre a la ciudad (Ak-Shum significaría “jefe del agua”). Merece la pena subir la cuesta que nos lleva al decadente hotel Yeha, que tiene unas vistas espectaculares sobre el campo de estelas (y podremos ver los numerosos monos que habitan la zona).

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Vista de Aksum desde el hotel Yeha.

A escasos 300 metros del Mai Shum, encontramos una humilde caseta donde se esconde una de las inscripciones trilingües del rey Ezana. Tallada a comienzos del siglo IV, conmemora la victoria de Aksum sobre los beja en tres lenguas: griego, sabeo y ge’ez. Data del período pagano de Ezana, anterior a su conversión al cristianismo hacia el 340, ya que está dedicada al dios de la guerra, Mahrem.

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Entrada a la tumba de Gebre Meskel.

Aún más a las afueras de la ciudad, todavía encontramos más restos arqueológicos, mostrando que el tamaño de la Aksum antigua era mucho mayor que el de la actual. A dos kilómetros del campo de estelas, se hallan las tumbas de los reyes Kaleb y Gebre Meskel, quienes gobernaron en el siglo VI. Se trata de dos buenos ejemplos de arquitectura aksumita, destacando el trabajo de la piedra en ambas. Originalmente, fueron concebidas como criptas funerarias de los edificios gemelos que se alzaban sobre ellas, tradicionalmente considerados bien iglesias, bien palacios.

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El bucólico camino que lleva a Abba Pantawelon.

Si seguimos por el camino más allá de las tumbas, llegaremos a la iglesia de Abba Pantalewon, ubicada en la cima de una montaña cónica. El paseo merece la pena por lo bonito del paisaje, especialmente durante la temporada de lluvias. Este monasterio es uno de los más antiguos del país, fundándose en el siglo VI por el santo que le da nombre. Se puede visitar el tesoro y la iglesia inferior, pero la superior, accesible tras subir 44 escalones, no permite la entrada de mujeres. Junto a ella pueden verse algunos restos de un santuario pagano y, por supuesto, disfrutar de unas vistas espléndidas sobre Aksum y su comarca.

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Restos del palacio de Dungur.

El palacio de Dungur y el campo de estelas de Gudit

A escasos dos kilómetros al oeste del centro, yacen los restos de un gran palacio, el de Dungur, al que tradicionalmente se le denomina de la reina de Saba. Sin embargo, es muy posterior, habiendo sido construido entre los siglos IV y VI de nuestra era. Perteneció a algún miembro de la élite social y reproduce el esquema clásico del palacio aksumita: en el centro de un gran patio, elevado sobre un podio, se eleva el pabellón que albergaba la sala de audiencias y las habitaciones principales; alrededor del patio se distribuían las habitaciones de los criados, las cocinas, y otras dependencias auxiliares. La sofisticación del edificio incluye desagües y los restos de un posible sistema de hipocausto.

Justo enfrente se encuentra el campo de estela de Gudit, quizá el cementerio más antiguo de la ciudad, datado entre los siglos II y IV de nuestra era. Aunque en origen pudo albergar más de 600 estelas, ahora sólo unas pocas permanecen en pie. Su nombre deriva de la reina Gudit, un oscuro personaje que destruyó Aksum en el siglo X.

Hay muchos más lugares de interés arqueológico en Aksum y su área circundante. A hora y media en coche se puede visitar el templo de Yeha, el más antiguo del país (Ss. VII-V a.C.), y que supone una de las excursiones más populares entre los turistas. Pese a todo, no disponemos de mucho tiempo y debemos partir hacia la siguiente etapa de nuestro viaje: Lalibela.