Reino de Aksum

Cultura etíope y eritrea

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Etiopía: consejos de viaje

Etiopía no es un destino muy popular entre el viajero español, que sigue prefiriendo otros destinos africanos como Marruecos, Kenia, Tanzania o Sudáfrica. Sin embargo, desde hace unos años hay un creciente número de personas que eligen Etiopía como el lugar donde pasar sus vacaciones y, si se tiene la oportunidad de hablar con alguna de ellas, dirán que les dejó impresionado. Esto se explica por las enormes posibilidades de la oferta turística etíope y por la notable mejora de las infraestructuras de los últimos años.

Siendo cierto que su infraestructura turística ha mejorado mucho, sigue estando lejos de la comodidad de otros destinos más convencionales. Por ello, conviene conocer ciertos datos a la hora de planear el viaje, algunos de los cuales, curiosamente, no se mencionan en las guías o lo hacen sólo de pasada.

¿Cómo viajar? En viaje organizado o por libre.

La gran mayoría de la gente que viaja a Etiopía lo hace en algún paquete turístico. Por comodidad, quizá sea la opción más sensata, pero, como siempre pasa en estos casos, se depende demasiado del grupo, lo que resta independencia. También tiene sus ventajas, como el no tener que preocuparse por los desplazamientos, previamente organizados, o la posibilidad de ir acompañado por un guía nativo que hable español y que ahuyente a los numerosos personajes que intentarán sablear al incauto.

En nuestro caso, optamos por viajar por libre por el norte. Como podéis consultar en nuestro diario de viaje, la mayoría de los recorridos los hicimos en avión, aunque en ocasiones usamos minibuses, como los que unen Bahir Dar con Gondar, o Dire Dawa con Harar. Existen rutas de autobús que unen las principales ciudades del país, destacando las compañías Sky Bus y Selam Bus.

Usar los minibuses es toda una experiencia. Al llegar a la estación de autobuses, un grupo de personas se arremolinarán a tu alrededor para que elijas sus servicios. Normalmente, se escoge el que mejor coche pueda proveer -la seguridad vial es importante- y más lleno de clientes esté, ya que el minibus no sale hasta que no haya vendido todas las plazas. Conviene regatear los precios.

Dependiendo del gusto de cada cual, conviene realizar una advertencia: si vas a querer conocer todo el país, puedes elegir hacerlo en un viaje organizado o bien recurrir a una fórmula mixta: visitar el circuito norte por libre para después recorrer el sur con un turoperador. Comento esto porque el sur es realmente complicado para recorrerlo por libre: en temporada de lluvias, las carreteras son impracticables, lo que imposibilita que los minibuses hagan sus rutas habituales; dada la menor importancia de sus centros urbanos, las conexiones aéreas son casi nulas. Dicho esto, si alguien tiene el suficiente espíritu aventurero como para adentrarse en el sur etíope por su cuenta y riesgo, lo mejor es que lo haga en la temporada seca.

Planificando el viaje

Se dice que culturalmente hablando, existen tres Etiopías: la cristiana, que ocupa la región centro-norte; la musulmana, al este; y la amalgama de pueblos del suroeste, popularmente conocida como la «zona de las tribus» (sic). La mayor parte de los turistas eligen la Etiopía cristiana, donde se hace el recorrido clásico anular AddisBahir DarGondar-SimienAksumLalibela-Addis, otros visitan el norte y el sur, y muy pocos añaden a la combinación algún lugar de la Etiopía musulmana, escogiendo generalmente Harar.

¿Cuándo ir?

La elección de la temporada es importante dado que el clima puede condicionar mucho el viaje. El verano europeo (junio-agosto) coincide con la temporada de lluvias, lo que significa que lloverá todos los días sin excepción, lo que conviene tener en cuenta a la hora de planear el viaje, especialmente en lo tocante a vuelos y traslados por las embarradas carreteras del sur. Generalmente, se dice que la mejor época para visitar el país es septiembre, cuando empieza el año nuevo etíope, ya no llueve tanto y los paisajes están aún verdes. En marzo-abril se producen las llamadas pequeñas lluvias, días en que cae un chaparrón todos los días, generalmente a mediodía. Los meses más secos, como diciembre, gozan de buen tiempo todos los días, pero el exceso de polvo puede resultar muy molesto. En el suroeste, por sus condiciones climáticas, llueve de manera más frecuente que en el resto del país.

¿Cuánto tiempo?

Como mínimo, debemos dedicar entre ocho y diez días para conocer la ruta clásica del norte (Addis-Bahir Dar-Gondar-Simien-Aksum-Lalibela-Addis). Si a eso le añadimos el sur, de peores carreteras, habría que alargar el viaje a por lo menos tres semanas o un mes.

¿Cuánto dinero?

Aunque es un destino caro -el precio del billete de avión lo encarece mucho-, en general los gastos diarios no son muy elevados. Nosotros gastamos este verano, en 16 días, unos 2000€ por cabeza incluyendo los billetes de avión (Madrid-Addis ida y vuelta y 5 billetes internos). El precio del menú de cualquier restaurante es irrisorio -se puede comer por entre 1,5 y 2€ por cabeza-, e incluso en los más caros los precios varían entre 5 y 10€.

Guías

No hay muchas guías donde elegir para planificar el viaje, pero, al menos, en español hay dos fácilmente accesibles, publicadas por Bradt y Laertes. Sin embargo, si queremos algo más detallado sobre Bahir Dar y la zona del lago Tana, Gondar, Aksum, Lalibela, Harar y las iglesias del Tigray, recomiendo las guías de Arada Books. A día de hoy, son las mejores que existen en el mercado, con buenos mapas e información abundante sobre lugares que otras guías, por brevedad, ni siquiera mencionan. Están en inglés y se pueden adquirir en la librería Altaïr bajo demanda, o bien ya en Etiopía en Addis Abeba.

Aterrizando en Lalibela.

Elegir un vuelo

A la hora de elegir la compañía con la que queremos volar, debemos tener en cuenta qué tipo de viaje vamos a hacer: si tenemos prisa y queremos ver muchas cosas en poco tiempo, habrá que tomar varios vuelos internos. Si, por el contrario, disfrutamos de más días, a lo mejor preferimos viajar en bus o en coche privado, lo que nos permitirá disfrutar de los paisajes.

Ethiopian Airlines

La compañía nacional etíope tiene varias ventajas. La primera es que vuela directamente desde Madrid, si bien hace una escala técnica de una hora en Malta o en El Cairo, lo que acorta sustancialmente el vuelo. Cuando nosotros volamos este verano, salimos de Madrid a las 22:30 y llegamos a Addis a las 6:00 (hora local, que en verano es una hora más que en España). La segunda ventaja es que al comprar el vuelo desde España, el descuento a la hora de hacer vuelos internos es importante; en nuestro caso utilizamos cinco, así que la oferta nos abarató bastante el precio. Otro aspecto que nos gustó mucho es que nos permitiesen facturar dos maletas grandes completamente gratis y que en los siete vuelos no nos perdieran ni una sola maleta.

Turkish Airlines, Emirates, Qatar y Alitalia son otras de las compañías que unen Europa con Addis Abeba, si bien haciendo escalas que pueden llegar a ser bastante largas.

Los hoteles

La oferta hotelera en Etiopía mejora cada mes. En Addis Abeba es donde encontramos la mayor variedad. Sin embargo, en otros lugares como Gondar, Aksum o Bahir Dar, los hoteles, aún siendo muy modestos, cobran una tarifa estándar de 50$. Lalibela cuenta con alojamientos que, sin ser nada del otro mundo, valen la pena porque suelen estar ubicados en sitios desde donde se contemplan los paisajes circundantes. En Harar recomiendo la oportunidad de dormir en una casa tradicional harari (unos 15€ la noche). También existen, para el viajero más aventurero, hoteles espartanos por todo el país en los que es posible dormir por 1 o 2€. Que no se diga que no hay donde elegir…

El efecto farenji

Un blanco en Etiopía rara vez va a pasar desapercibido. Si bien cada vez más etíopes están acostumbrados a ver occidentales por sus ciudades, muchos van a acercarse al turista para saludarle mientras dicen «¡farenji, farenji!», que significa «extranjero». Algunos se limitarán a decir eso, otros querrán intercambiar unas pocas palabras en inglés y, sí, seguro que alguien se acerca para pedir dinero. En un país en el que la pobreza abunda, no debe extrañarnos. La mayor parte de las veces, con sonreír y seguir avanzando es suficiente, aunque en ocasiones puede resultar agobiante. Lo que nunca recomiendo es perder los papeles y comenzar a gritar, ya que puede resultar contraproducente.

Por todo el país vamos a encontrarnos a diferentes personajes sin escrúpulos que se nos acercarán para servirnos de improvisados guías. Generalmente, comienzan con una pequeña conversación en inglés (Hello, my friend, where are you from?), acto seguido se adaptan a tu paso, como acompañándote y, si tienes mala suerte y no los espantas antes (no, thank you, es la mejor fórmula), te ofrecerán una paupérrima visita guiada. Al finalizar, claro está, te pedirán una tarifa abusiva por sus servicios.

En caso de que necesitemos un guía, siempre hay que recurrir a uno oficial. En Aksum encontraremos la caseta justo al lado de la entrada del yacimiento del campo de estelas, en Gondar, el puesto está cerca del hotel Taye Belay, y en Lalibela, en la entrada del complejo de las iglesias. Con respecto a los guías, les dedicaré una entrada próximamente, ya que merece la pena advertir sobre las excursiones que se pueden contratar para evitar abusos.

Los niños

Etiopía, donde la media de edad es 18,9 años, es el país de los niños. Se vaya donde se vaya, es inevitable encontrárselos. En muchos sitios, se acercarán al turista en grandes grupos gritando «¡farenji, farenji!» y pidiendo dinero, lápices o chucherías. El propio gobierno etíope pide que no se les dé nada, por cruel que pueda parecer, ya que así se les anima a abandonar la escuela para practicar la llamada mendicidad turística. En algunos sitios esta práctica está siendo erradicada, como en Lalibela, donde una ONG local alimenta y cubre las necesidades de los más pequeños para que así no tengan que recurrir a la mendicidad. Cuando nosotros estuvimos en dicha ciudad en agosto de 2016, la mayor parte de los niños jugaban en la calle, te saludaban y se acercaban a hablar algo en inglés, pero, por fortuna, no pedían nada.

Riesgos para el viajero

Problemas de salud

La salud es lo más importante cuando se viaja -y para todo lo demás, por supuesto-, y también lo que más se puede resentir en un viaje. La mayor parte de los problemas que uno puede experimentar en el país son de tipo sanitario, lo que hace importantísimo que contratemos un buen seguro de viaje antes de partir.

Hay una serie de vacunas que son recomendadas antes de viajar al país: fiebre amarilla, hepatitis A, triple vírica y tétanos, entre otras. Conviene consultar primero con el médico de cabecera cuáles hay que ponerse.

La principal amenaza es la diarrea, con el problema de deshidratación que acarrea. Se calcula que afecta al 50% de los visitantes, poco acostumbrados a la especiadísima cocina etíope. Generalmente se soluciona con dieta blanda y suero hidratante. Si la cosa va a más, se puede tomar el antibiótico, que normalmente lo corta con rapidez, o, si no, siempre se debe acudir a un médico local. En la mayoría de los hospitales parte del personal habla inglés. Una ventaja del país es que se puede encontrar agua embotellada con facilidad. Y si lo tuyo no son las comidas fuertes, en casi todos los restaurantes pueden cocinar algo de pasta. La fruta hay que comerla pelada y las verduras, hervidas.

También hay que evitar bañarse en aguas estancadas por el riesgo de infectarse de esquistosomiasis. La vacuna contra la rabia sólo se recomienda si se va a visitar áreas de riesgo.

La malaria

Esta terrible enfermedad es endémica en el sur del país, mientras que en el norte, al estar por encima de los 2.000 metros, sólo afecta a Bahir Dar y la zona ribereña del lago Tana. No hay que jugársela: el tratamiento profiláctico ha de seguirse al pie de la letra. Conviene tomar las pastillas de Malarone -las que menos efectos secundarios producen- antes de entrar en una zona de riesgo, y seguir tomándolas una semana después de dejar el lugar. En muchos hoteles tienen mosquitera, pero comprueba que no tenga agujeros. Con respecto al repelente de mosquitos, ha de ser de tipo DEET 50%. Su efecto dura 8 horas y ha de aplicarse en las zonas que vayan a estar expuestas. Dos consejos: adquiérelo en España, ya que en Etiopía es difícil de conseguir, y nunca lo metas en la maleta de mano, ya que en el control del aeropuerto te lo quitarán al ser un aturdidor. Mételo siempre en el equipaje a facturar.

Seguridad. Pequeños hurtos

Etiopía es de los países más seguros  a los que uno puede viajar. Sin embargo, hay que decir que las recientes protestas oromo han creado una cierta situación de insegurida que en ocasiones ha acabado afectando a los turistas. Aunque recientemente el gobierno ha declarado el estado de emergencia, lo cual ha permitido estabilizar la situación (podemos imaginarnos cómo), conviene consultar antes de partir las indicaciones de seguridad del ministerio de exteriores español, francés o británico.

Los robos son raros en el país, pero hay que tener cuidado con la cartera en lugares de mucho bullicio como Merkato, en Addis Abeba, o en el transporte público. Los robos con violencia a turistas son poco comunes.

Áreas donde no es buena idea acercarse

Las áreas que generalmente se desaconsejan a los turistas son: la frontera con Eritrea (no son raros los intercambios de disparos), la zona del Ogaden, donde abunda el bandidaje herencia de la antigua guerrilla, la frontera con Sudán del Sur y ciertas zonas del Danakil. Si se opta por visitar este espectacular desierto, conviene hacerlo siempre en un grupo guiado y protegido por escolta, ya que varios turistas han sido asesinados por grupos armados.

Estos son los consejos que consideramos más importantes. Con el tiempo, puede que dediquemos una entrada a cada uno de los aspectos, a fin de poder ofrecer más información. Etiopía es un país maravilloso que, como veis, no resulta tan difícil de visitar ni tan caro. Sin duda, uno de los futuros destinos de moda en África. ¿Os animáis a conocerlo?

Diario de un viaje por Etiopía – Harar, la ciudad santa del islam etíope (VIII)

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El mercado de Zagah Uga. Al fondo, la puerta de Asma’adin.

A cualquier etíope que se le pregunte sobre cuál es la ciudad musulmana más importante del país, responderá sin titubear que Harar. Entre los siglos XV y XVI fue la capital indiscutible del islam en el Cuerno de África, ya que era un centro de enseñanza islámico parangonable con Tombuctú. Su impresionante número de mezquitas y santuarios sufíes hace que sus habitantes aseguren que se trata de la cuarta ciudad más santa del islam.

Sin embargo, no es un enclave especialmente monumental. Comparada con otras grandes urbes clásicas musulmanas como El Cairo, Damasco o Marrakech, Harar sale mal parada. Pero quienes la han visitado insisten en que tiene algo que engancha: quizá sean sus coloridas callejuelas, los hermosos vestidos de las mujeres hararis, los mercadillos que ocupan las plazas principales o los numerosos santuarios sufíes que uno se puede encontrar en casi cada esquina. O puede que sea todo eso combinado lo que la hace tan especial.

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La carretera a Harar asciende por las montañas Ahmar.

Llegar a Harar no es precisamente sencillo. Alejada al este de la ruta tradicional, para llegar a ella hay que pasar casi necesariamente por Addis Abeba. Desde allí, hay varias opciones de viaje: o bien tomamos un autobús que, tras nueve horas y media de viaje nos deje en Harar, o bien tomar un avión o un tren hasta Dire Dawa y, desde allí, un breve recorrido de poco más de una hora en microbús hasta la ciudad amurallada. Nosotros optamos por el avión (50 minutos de vuelo) por ser la opción más rápida.

Dire Dawa, en pleno Rift, nos recibió con un calor aplatanante, lo propio de una ciudad que es la puerta de la tórrida depresión de Danakil. Segunda ciudad del país por población, apenas tiene cien años. A comienzos del siglo XX, la compañía francesa que construía el ferrocarril Addis-Yibuti quería que éste llegase a la vieja ciudad de Harar. Sin embargo, construir una vía que escalase los montes Ahmar desde el valle del Rift resultaba demasiado caro, por lo que en 1902 decidieron construir una nueva ciudad a 55 kilómetros de Harar, bautizándola como Addis Harar (Nueva Harar). Sin embargo, los somalíes preferían el nombre Dirir Dhabbe, camino de la guerra, que pronto se convirtió en el amhárico Dire Dawa, colina sin cultivar. Poco tiempo después, la nueva ciudad, conectada por tren con el mar, atrajo a muchos de los comerciantes hararis y a gente de todo el país, convirtiéndose en una de las más prósperas de Etiopía mientras la vieja Harar languidecía.

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La icónica Asma’adin Bari o Puerta de Shewa.

Llegamos, finalmente, a Harar, la última etapa de nuestro viaje. Al salir del recinto que hace las veces de estación de autobuses, lo primero que encontramos es la puerta de Asma’addin o de Shewa, que se ha convertido en el símbolo de la ciudad. Es una de las seis puertas que hoy horadan la vieja muralla harari, la única que se conserva en todo el país. En los alrededores de la puerta hay un bullicioso mercadillo callejero que penetra en la medina ocupando buena parte de la Zagah Uga, antiguamente una de las arterias principales de la ciudad. Debemos bajar por esta calle para llegar a la casa tradicional Rewda Wober, donde nos alojaremos. Encontrar algo aquí nunca es tarea fácil, pero los lugareños son amables y nos acompañan hasta la casa, que no cuenta con ningún cartel exterior. En cualquier caso, quienes deseen una buena guía de la ciudad les recomiendo que adquieran la publicada en inglés por Arada Books, con buenos planos y las ubicaciones exactas de los puntos de interés, que en ocasiones se hallan ocultos en patios interiores.

Como he dicho antes, Harar es la principal ciudad musulmana del país, no tanto por su tamaño como por su significado histórico y cultural. Entre sus peculiaridades destaca tener su propia lengua, el harari, cuyo uso se limita a la ciudad y a algunas aldeas de alrededor. Harar empezó a ser importante en el siglo XIV, cuando todas las caravanas que unían el Macizo Etíope con el puerto de Zeila, en el Mar Rojo, paraban aquí. Ya en el siglo XVI era la principal urbe del sultanato de Adal, convirtiéndose en su capital cuando Ahmad Graññ, el imán zurdo, comenzó en 1529 su larga yihad de conquista contra el imperio etíope. Y a punto estuvo de ganar cuando, en 1541, 400 mosqueteros portugueses desembarcaron en Massawa –hoy Eritrea- al mando del Cristóbal de Gama, hijo de Vasco de Gama, para apoyar al emperador etíope Gäladewos. Finalmente, Ahmad Graññ murió en la batalla de Zäntära (Wäynä Däga). La guerra terminó ahí, pero ambos estados quedaron tan debilitados que los oromo, belicosos nómadas, aprovecharon para penetrar y ocupar nuevas tierras antaño cristianas y musulmanas. De hecho, el sucesor de Ahmad Grañ, el amir Nur, rodeó la ciudad de murallas para contener los ataques de los oromo. Empezaba así una larguísima decadencia que la llevaría a perder su independencia a finales del XIX, cuando primero se convirtió en colonia egipcia y luego fue anexionada por Menelik II.

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Makina Guirguir.

Lo bueno de Harar es que la mayoría de los puntos de interés se concentran en la medina amurallada, llamada por los lugareños jugol. El corazón de la ciudad es la plaza de Faras Magala (Mercado de caballos), presidida por la iglesia de Medhane Alem, levantada tras la conquista de la ciudad por los etíopes, en 1887. Desde allí parten las tres arterias principales de la ciudad: la primera, ancha y rectilínea como una cicatriz que desentona con el resto de la medina, Andeña Menged, parte hacia el oeste, donde se abre la fea Puerta del Duque; la segunda, Amir Uga, serpentea hacia el este, el barrio en que se encuentra la mezquita principal; y la tercera, la encantadora Makina Guirguir, llamada así por el ruido de las máquinas de coser de sus numerosos sastres, nos dirige hacia la explanada de Guidir Magala.

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Callejuelas de la medina de Jugol.

Guidir Magala es el mercado más antiguo de la ciudad, fundado probablemente en el siglo XIII. Fue remodelado por los italianos durante su ocupación de Etiopía, construyendo una mezquita y los dos edificios centrales del mercado cubierto. Además de todo tipo de productos básicos del día a día, pudimos ver puestos de venta de khat, la famosa planta cuyas hojas se mascan por sus efectos estimulantes. Su consumo es muy popular en esta zona de Etiopía, pero también en Yemen, Yibuti y Somalia.

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Qubbi del Emir Nur.

Cerca de Faras Magala está el qubbi (tumba cupulada) del emir Nur, constructor de la muralla de la ciudad y bravo soldado que intentó, infructuosamente, continuar la yihad de su antecesor, Ahmad Graññ. En el pequeño patio hay una mezquita abierta y varias tumbas. Conviene hacer una breve advertencia: aunque la mayor parte de los musulmanes de la ciudad veneran a los santos, se debe tener en cuenta que no se parece en nada al sufismo de otros países como Turquía, en el que se puede contemplar a los derviches danzantes en algunos tours turísticos. En Harar esto no sucede, así que debemos pedir permiso para acceder a las mezquitas o para participar en cualquier ritual. Si se nos niega, lo mejor es no insistir, sonreír y continuar hacia otro sitio.

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Uno de los minaretes de la mezquita Aljama.

Volviendo a Amir Uga, en ella se yerguen los dos minaretes gemelos de la mezquita principal de la ciudad. El acceso a su interior siempre debe hacerse pidiendo permiso, y se puede pedir una pequeña propina. Cerca se halla la única iglesia católica de la ciudad, un modesto edificio oculto entre otras casas. En la misma calle podemos visitar el centro cultural harari, que es en realidad una exposición permanente sobre una casa tradicional.

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Fachada del Centro Cultural Rimbaud.

En las callejuelas que dan a Makina Guirguir encontramos dos interesantes edificios habilitados como museos. El primero es el centro cultural Rimbaud, ubicado en la antigua casa de un comerciante hindú, donde se ha habilitado un museo sobre la estancia del genial poeta francés en la ciudad. En realidad, de su tiempo en Harar (1880-1891) sólo se conservan algunas fotos y un puñado de cartas, ya que Rimbaud vivió dedicado al contrabando de armas y el comercio de café, abandonando la poesía. El otro edificio es la casa donde vivió Haile Selassie, el último emperador etíope, una espléndida casa donde hoy se conserva la biblioteca más importante de la ciudad y numerosos objetos culturales harari.

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Casa de Haile Selassie.

La Puerta del Duque marca el comienzo de la ciudad nueva, ubicada al oeste y planificada por los italianos. Organizada a partir de la gran avenida de Charleville –en homenaje a la ciudad natal de Rimbaud-, esta zona de la ciudad gustará a quienes les interese la arquitectura modernista italiana colonial. Merece la pena ver la estatua ecuestre de Ras Makonnen, en la plaza central.

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Estatua de Ras Makonnen.

Las murallas merecen en sí mismas una visita. Con sus 3.342 metros de longitud, abarcan 48 hectáreas de terreno. Se conservan bastante bien, e incluso las cinco puertas originales han superado el paso del tiempo, aunque con restauraciones. Las cinco puertas originales son: Assum Bari, orientada hacia la Meca; Argob Bari, hacia el este; Suqutat Bari, hacia el sureste; Badro Bari, hacia el sur y Asma’adin Bari, también conocida como de Shewa porque de ella partía el camino hacia esa región. Entre las puertas de Argob Bari y Suqutat Bari se encuentra el curioso santuario de Sheikh Ansar Ahmed, incrustado en el tronco de un sicomoro. No lejos de él se encuentra el lugar donde, al atardecer, el hombre hiena da de comer a esos animales carroñeros.

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Santuario del Sheikh Ansar Ahmed, junto al lugar del hombre hiena.

Si hemos completado la visita de estos lugares, que no debería llevarnos más de un día, podemos disfrutar del resto de la vieja medina. Harar tiene 82 mezquitas entre sus muros, y no, no es una exageración; de hecho, los harari afirman que llegó a haber 99, una por cada nombre de Allah. A este altísimo número de mezquitas habría que añadir otro tanto de santuarios y tumbas de santos sufíes. Recomiendo al viajero que se pierda, sin rumbo fijo, por las callejuelas de Harar. En unas conocerá el silencio, mientras que en otras será molestado por grupos de niños que le seguirán hasta que se cansen. Fíjese en los detalles de los tejados para diferenciar las mezquitas, busque las casas tradicionales que se pueden visitar y maravíllese con sus ricos interiores. Y, por supuesto, no se vaya de la ciudad sin probar el café que le ha dado fama.

Diario de un viaje por Etiopía – Lalibela, la Jerusalén etíope (VII)

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El vuelo desde Aksum a Lalibela apenas dura media hora. Un ahorro más que notable en tiempo si calculamos que en autobús público podemos tardar entre día y medio y  dos días. El aeropuerto está lejos de la ciudad, a 11 unos km por una carretera en construcción que hace que el trayecto dure casi tres cuartos de hora. Sin embargo, el paisaje de las montañas de Werwer –la región en la que se enclava Lalibela- es tan absolutamente espectacular que el tiempo pasa volando y, casi sin darnos cuenta, pronto entramos en esta ciudad que, más bien, parece una aldea colgada de las montañas.

Y es que Lalibela tiene unos 20.000 habitantes desparramados por las verdes colinas que rodean al que, con seguridad, es el conjunto arquitectónico más importante y visitado del país. Las calles, que en realidad se reducen a unas pocas, serpentean siguiendo las curvas de nivel de las montañas, lo que aumenta la sensación de estar en un pueblo grande más que en una ciudad. Pero conviene no subestimar el tamaño de Lalibela: siempre vamos a caminar en cuesta y, aunque las distancias parezcan cortas, algunos puntos de interés están muy lejos unos de otros. Escogimos un hotel situado en uno de los extremos de la ciudad para disfrutar de las vistas de las montañas. Aunque se acaba pagando un poco más que en otro tipo de alojamiento, merece la pena desayunar observando los espectaculares quebrantahuesos que sobrevuelan el paisaje.

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Vista desde el hotel.

Lalibela, capital de la dinastía de los Zagwe

Los orígenes de la ciudad de Lalibela se pierden en las tinieblas de la historia. La tradición dice que la fundó el rey Gebre Meskel Lalibela en el siglo XII, pero la arqueología indica que el asentamiento humano es anterior. Su primer nombre, Roha, probablemente proceda del nombre siriaco de la ciudad de Edesa, ܐܘܪܗܝ‎ Urhāy, conquistada en el siglo XII por los musulmanes. Lalibela, como miembro de la dinastía de los Zagwe, de etnia agaw, era considerado por los semitas etíopes un usurpador de la verdadera monarquía aksumita. Por ello quiso ganarse el corazón de sus súbditos respaldando la construcción de espectaculares iglesias. ¿Qué mejor manera de legitimarse en el poder que siendo el mayor valedor de la fe?

La leyenda cuenta que, tras la conquista de Jerusalén en 1187, un ángel le mostró en sueños al rey Lalibela el lugar donde había nacido, pidiéndole que construyese allí una réplica de la ciudad santa. Se dice que, mientras los obreros del rey trabajaban de día, un equipo de ángeles lo hacía de noche, terminándola en 23 años. La importancia de Lalibela como Nueva Jerusalén se refuerza por los muchos topónimos de la zona que fueron rebautizados: así, el arroyo que la atraviesa se llama Yordanos (Jordán), y también encontramos un Monte de los Olivos y un Gólgota, entre otros. Actualmente, es el centro de peregrinación más importante del país, por encima de Aksum, ya que se considera que los beneficios espirituales al visitarla son los mismos que se reciben al ir a Tierra Santa.

Las iglesias de Lalibela. Complejo Norte

La construcción de iglesias excavadas en la roca data de época aksumita, pudiendo encontrarse muchos ejemplos en prácticamente toda la región central del altiplano etíope. Sin embargo, en ningún otro lugar de Etiopía se concentran tantas y de una calidad artística tan remarcable.

Excavadas en escoria de basalto, son 11 iglesias de las cuales cuatro están completamente separadas de la roca madre por fosos, mientras las demás forman complejos hipogeos conectados por trincheras y galerías. Aunque no hay acuerdo sobre la cronología exacta, se cree que se construyeron entre los siglos XII y XIII, empleándose a miles de trabajadores para su construcción. Los diferentes estilos indican un dilatado trabajo en el tiempo, mucho mayor que los 23 años de la leyenda.

Los templos se concentran en tres grupos: el primero, situado al norte, de evidente origen religioso; el sureste, que por sus extrañas formas y fosos algunos sugieren que pudo ser en origen un recinto palaciego; y, por último, la solitaria iglesia de Bete Giyorgis.

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La primera concentración de iglesias monolíticas se organiza a partir de un eje monumental compuesto por las iglesias de Medhane Alem y Bete Maryam. Ésta, de planta rectangular y con tres gráciles pórticos de acceso, ocupa el centro del patio alrededor del cual se organizan el resto de templos. En los flancos del patio se hallan las iglesias de Bete Dengel (Casa de las Vírgenes) y Bete Meskel (Casa de la Cruz). A través de un pasadizo podemos acceder a la mayor de todas: se trata de la espectacular Medhane Alem (Salvador del Mundo) que, rodeada por 30 pilares, cuenta con 33 metros por 23 de ancho y 11 de alturas. Dentro, se organiza en cinco naves gracias a 16 pilares unidos entre sí mediante arcos de medio punto. La escasa luz que entra por las pequeñas ventanas de estilo aksumita permite crea un ambiente de recogimiento idóneo para la oración.

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Al sur del patio de Bete Maryam, podemos acceder al último templo que nos queda por conocer de este complejo: se trata de Bete Golgotah-Mikael-Selassie, donde yacen los restos del emperador Lalibela. En realidad, se tratan de tres estancias comunicadas entre sí. La primera, Debre Sina, está dividida por ocho pilares cruciformes. De ahí pasamos al espacio Lalibela-Mikael, en cuyo Sancta Sanctorum –inaccesible- se encuentra la tumba de Lalibela. Destacan los relieves de santos que ocupan los grandes nichos de la capilla. Esta parte está vetada a las mujeres, por desgracia. La última capilla es la cripta de Selassie, con sus tres altares monolíticos.

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Complejo Sureste y Bete Giyorgis

El complejo sureste es el que ofrece mayores dudas a los arqueólogos sobre cuál pudo ser su función original, ya que algunos autores sugieren que pudo ser el área palatina de los Zagwe. La idea se refuerza en la zona de entrada al complejo: la fachada de la iglesia doble de Gabriel y Rafael, precedida por un profundo foso y sus nichos de arcos apuntados, parece más la entrada monumental de un edificio civil que un templo. Cerca de estas dos iglesias se halla la de Bethlehem, posible horno de cocción del pan de comulgar (Bet lehem significa en hebreo casa del pan) o eremitorio real.

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Entrada por la iglesia doble de Bete Gabriel Rafael.

La idea de una posible función palaciega se refuerza al entrar en Bete Merkorios, una gran sala hipóstila que pudo funcionar como sala de audiencia real. Ahí pudimos escuchar a un grupo de sacerdotes cantando en ge’ez, la lengua litúrgica del cristianismo etíope. Una experiencia inolvidable.

En el centro de un patio excavado en la roca, se erige Bete Emmanuel. Posible capilla palatina para uso exclusivo de la familia real, la influencia de la arquitectura aksumita es palpable en cada rincón del templo. Una vez en el interior, conviene fijarse en los detalles decorativos.

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Fachada de Bete Emmanuel.

La última iglesia de este complejo es Bete Libanos, accesible tras pasar por un curioso conjunto de escaleras y fosos, y construida en el interior de una cueva como si fuera el gran pilar que sostiene la bóveda. La decoración exterior es sencilla pero sublime: dividida por cinco pilares, hay tres ventanas de arcos apuntados, cuatro ventanas cruciformes y una pequeña puerta de acceso. Merece la pena contemplar el interior, con su nave central más elevada y su decoración.

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Acceso a Bete Libanos.

Bete Giyorgis es, sin duda, la joya de Lalibela. Se trata de la iglesia más tardía del conjunto y, quizá por ello, la más refinada de todas en cuanto a su calidad artística. Ubicada en el medio de un foso cuadrangular, tiene una inusual planta de cruz griega que le da un aire de torreón. Elevada sobre un falso podio de 3 escalones, sus doce lados cuentan cada uno con una ventana ojival con decoración vegetal. Su interior, aunque más modesto que otros, muestra una elegante sobriedad.

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Bete Giyorgis, la más célebre de las iglesias de Lalibela.

Para terminar nuestra visita a la ciudad, recomiendo parar a comer en el restaurante Ben Abeba. De estrambótica arquitectura, sus terrazas suspendidas ofrecen unas espectaculares vistas de los valles de Werwer. Además, los camareros que lo atienden son muy simpáticos y la comida, excelente.

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Vista desde una de las terrazas-miradores de Ben Abeba.

Yemrehane Krestos

A unos 42 kilómetros de Lalibela podemos visitar la fantástica iglesia de Yemrehane Krestos, construida en el interior de una cueva. El trayecto desde Lalibela dura hora y media (la carretera está en construcción) hasta el pueblo del mismo nombre, desde donde hay que dejar el coche para proceder a la ascensión hacia el templo mediante una escalera recientemente construida. El paseo es muy grato ya que atravesamos un bosque de juníperos y, si se tiene la suerte de visitarlo en temporada de lluvias, a la entrada de la cueva veremos caer una cascada.

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Aunque la tradición dice que la construyó a mediados del siglo XII el rey homónimo, lo más probable es que se edificase a mediados del XIII. Su exterior alterna franjas de enlucido blanco con otras de vigas de madera. Su apariencia exterior es, a juicio de los especialistas, el más claro ejemplo de pervivencia de la arquitectura tradicional aksumita en época tardía. Cuenta con 26 ventanas, cada una de ellas diferente. Su planta es basilical, con cuatro pilares que organizan el espacio en tres naves. En la central encontramos un espectacular artesonado de madera. Las cubiertas del interior son planas, no abovedadas, siendo las nueve diferentes. El santuario de la iglesia, orientado hacia el este, está cubierto por una cúpula. La decoración interior del templo es magnífica, con numerosos motivos entrelazados, destacando los motivos cruciformes de los intradós de los arcos.

Detrás del templo, en lo más hondo de la cueva, encontraremos los macabros restos de los miles de cadáveres de peregrinos que escogieron este lugar como el de su eterno descanso. Cerca de ellos veremos la tumba del propio rey Yemrehane.

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Fachada de Yemrehane Krestos.

En la comarca circundante de Lalibela hay muchas iglesias excavadas en la roca o construidas en el interior de cuevas. Quienes deseen conocerlas conviene que contraten algún servicio de coche y guía en la propia Lalibela. La más cercana es la de Na’akueto La’ab, ubicada cerca de la carretera del aeropuerto, y es famosa porque en ella yacen los restos del santo rey homónimo, sobrino y sucesor de Lalibela. Similar en estilo constructivo a las iglesias rupestres de Lalibela es la iglesia de Gennata Maryam, construida, según la tradición, por Yekuno Amlak, fundador de la dinastía Salomónida en 1270.

Para concluir, creo sinceramente que ningún relato o fotografía hace justicia a la grandiosa belleza de Lalibela; es más, es necesario experimentarla, estar allí y ver cómo naturaleza y obra del hombre forman un conjunto tan espectacular. No en vano, quiero hacer mías las palabras del portugués Francisco Álvares, uno de los primeros europeos que contempló estas maravillosas iglesias en la lejana década de 1520:

Enfádome de escribir más sobre estas obras [las iglesias], porque me parece que no me creerán si escribo más y porque, a lo que he escrito, me podrán tachar de no ser verdad, por tanto juro por Dios en cuyo poder estoy que todo lo escrito es verdad y mucho más de lo que vi y dejé para que no me tachasen de mentiroso. Francisco Álvares. Verdadeira informação das terras do Preste João das Índias. Lisboa, 1943.

Diario de un viaje por Etiopía – Aksum, la ciudad santa de Etiopía (VI)

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Campo de estelas de Aksum: las estelas 2 y 3.

El viaje de Gondar a Aksum lo hicimos en avión para intentar ahorrarnos el largo trayecto en minibús, que dura unas seis horas –con suerte y buen tráfico- y exige cambiar en Shire a otro minibús. Pero tuvimos mala suerte con el tiempo, ya que una tormenta fortísima provocó la cancelación de nuestro vuelo, teniendo que esperar un día más en Gondar. El avión hace escala en Lalibela, por lo que en total dura un poco más de una hora y media.

Una vez en Aksum, entramos a la ciudad por su barrio más moderno. La carretera del aeropuerto se transforma en una bonita avenida de palmeras y acacias jalonada por multitud de edificios en construcción, bastantes de ellos acristalados, probablemente destinados a ser hoteles. Nuestro hotel es uno de los muchos que han aparecido en los últimos años y, aunque es relativamente nuevo, ya parece algo ajado. Por lo que pudimos ver, es lo común en todos los establecimientos turísticos de Aksum.

La ciudad actual no refleja apenas nada de su antigua gloria, cuando entre los siglos III y VII de nuestra era dominaba las rutas comerciales que unían el Índico con el Mediterráneo por el Mar Rojo. Y es que Aksum es, salvando las distancias, la Roma etíope por la gran cantidad de ruinas que alberga, y también por su significación religiosa para los etíopes.

Los primeros restos arqueológicos que podemos ver los encontramos en el parque de Ezana, un jardincillo triangular casi completamente ocupado por un bar. En él hay numerosos restos de capiteles, basas de columnas e incluso una de las inscripciones trilingües de Ezana.

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Estelas 1 (rota en el suelo), 2 y 3.

El parque de las estelas y Santa María de Sión

Desde la plaza central, presidida por un enorme sicomoro, caminamos hacia el parque de las estelas por una avenida adoquinada. A nuestra derecha, en una pradera, yacen los restos de varios tronos ceremoniales, tallados en granito y otras piedras resistentes para conmemorar las hazañas de los reyes aksumitas. Al fondo, dominando una gran plaza, se alzan las estelas que dan fama a la ciudad. Pero, ¿quién y por qué se construyeron?

Por lo que sabemos, las estelas más altas y elaboradas marcaban los lugares de enterramiento de la realeza. Sin embargo, no se han encontrado inscripciones que nos indiquen a qué reyes pertenecían exactamente. De las varias decenas de estelas, las más importantes son tres, datadas hacia el siglo III y talladas en granito. La estela número 1, de 33 metros de alto y 517 toneladas de peso, yace rota en el suelo, rompiéndose probablemente cuando estaba siendo erigida. Tallada en sus cuatro lados representando un palacio de varias plantas, es más alta que cualquier obelisco egipcio. A su lado se han encontrado los restos de un gran edificio funerario subterráneo, bautizado como el Mausoleo.

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Pasillo central del Mausoleo.

La estela 2, llamada de Ezana, con 24 metros de altura, fue llevada por los italianos en 1937 como trofeo a Roma, siendo devuelta a Etiopía en 2008. Por último, la número 3, la única que se ha mantenido siempre en pie, mide 21 metros y no está tallada en su cara posterior, siendo probablemente la más antigua de todas ellas. Cerca de las estelas podemos visitar otros sitios de interés, como el museo arqueológico o las tumbas de la Puerta Falsa y de los Arcos de Ladrillo.

Frente a las estelas, en la misma plaza, se encuentra la iglesia de Santa María de Sión, distinguible por su gran cúpula de estilo neobizantino. Construida por Haile Selassie en la década de los 60, es el mayor templo cristiano de Etiopía. No en vano, sustituye como catedral a la más modesta iglesia original, ubicada en el recinto llamado “el monasterio”, vetado a las mujeres. Tanto la iglesia nueva como la vieja, junto con la capilla de las Tablas, forman el recinto más sagrado de la iglesia etíope.

Y es que la iglesia antigua de Santa María de Sión ocupa el lugar de un templo mucho mayor construido por el rey Ezana en el siglo IV, probablemente la primera iglesia cristiana del país. Desde su fundación funcionó como sede del abuna, el único obispo consagrado por Alejandría y máxima autoridad de la ortodoxia tewahedo, que hoy reside en Addis. El templo actual es mucho más modesto en dimensiones que el original, ya que fue destruido dos veces, por la reina Gudit en el 980 y durante la yihad de Ahmad Graññ (1529-1543), y reconstruido por el emperador Fasiladas en el siglo XVII.

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La capilla nueva y la vieja de las Tablas, donde se guarda el Arca de la Alianza.

El Arca de la Alianza

Detrás de la iglesia antigua, observamos dos pequeñas capillas cupuladas. La primera, de color verde, tiene un aspecto avejentado y se dice que en su interior se guarda nada menos que el Arca de la Alianza; a su lado, otra capilla nueva de cúpula dorada espera su turno como nuevo refugio de tan importante reliquia.

¿Cómo llegó el Arca desde Jerusalén a Aksum? La leyenda nos dice que fue Menelik, primer emperador de Etiopía y fruto del breve romance entre Salomón y la reina de Saba, quien se la robó a su padre cuando le visitó una vez cumplida su mayoría de edad. Los israelitas no pudieron alcanzar a los ladrones, ya que el Arca deseaba abandonar Jerusalén e instalarse en Aksum, lo que les permitió viajar a gran velocidad. Desde entonces, según la tradición, el Arca permanece custodiada en su capilla, sin que nadie más que el guardián pueda entrar en ella. Obviamente, esto es más un mito que una realidad, ya que en el siglo X a.C., que es cuando esta historia supuestamente tuvo lugar, ni siquiera había asentamientos sabeos en la región.

Los restos arqueológicos del norte y Abba Pantalewon

Volviendo al campo de estelas, conviene perderse por el bonito parque que, a orillas del torrente Mai Hejja, nos lleva hacia las afueras de la ciudad por su parte norte. El jardín está lleno de estelas ya no tan espectaculares como las reales, pero que crean un conjunto pintoresco. Una de ellas dicen que muestra al Arca de la Alianza –aunque en realidad parece más bien un edículo de aspecto grecorromano- y la usan como evidencia de que el Arca está realmente en la ciudad.

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Mai Shum, también conocido como los Baños de la reina de Saba.

Cerca de allí hay un gran estanque artificial, el Mai Shum, al que se le conoce con el poético nombre de los Baños de la reina de Saba. Excavado en época aksumita, fue ampliado en los siglos siguientes y, según cierta teoría, es el estanque que da nombre a la ciudad (Ak-Shum significaría “jefe del agua”). Merece la pena subir la cuesta que nos lleva al decadente hotel Yeha, que tiene unas vistas espectaculares sobre el campo de estelas (y podremos ver los numerosos monos que habitan la zona).

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Vista de Aksum desde el hotel Yeha.

A escasos 300 metros del Mai Shum, encontramos una humilde caseta donde se esconde una de las inscripciones trilingües del rey Ezana. Tallada a comienzos del siglo IV, conmemora la victoria de Aksum sobre los beja en tres lenguas: griego, sabeo y ge’ez. Data del período pagano de Ezana, anterior a su conversión al cristianismo hacia el 340, ya que está dedicada al dios de la guerra, Mahrem.

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Entrada a la tumba de Gebre Meskel.

Aún más a las afueras de la ciudad, todavía encontramos más restos arqueológicos, mostrando que el tamaño de la Aksum antigua era mucho mayor que el de la actual. A dos kilómetros del campo de estelas, se hallan las tumbas de los reyes Kaleb y Gebre Meskel, quienes gobernaron en el siglo VI. Se trata de dos buenos ejemplos de arquitectura aksumita, destacando el trabajo de la piedra en ambas. Originalmente, fueron concebidas como criptas funerarias de los edificios gemelos que se alzaban sobre ellas, tradicionalmente considerados bien iglesias, bien palacios.

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El bucólico camino que lleva a Abba Pantawelon.

Si seguimos por el camino más allá de las tumbas, llegaremos a la iglesia de Abba Pantalewon, ubicada en la cima de una montaña cónica. El paseo merece la pena por lo bonito del paisaje, especialmente durante la temporada de lluvias. Este monasterio es uno de los más antiguos del país, fundándose en el siglo VI por el santo que le da nombre. Se puede visitar el tesoro y la iglesia inferior, pero la superior, accesible tras subir 44 escalones, no permite la entrada de mujeres. Junto a ella pueden verse algunos restos de un santuario pagano y, por supuesto, disfrutar de unas vistas espléndidas sobre Aksum y su comarca.

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Restos del palacio de Dungur.

El palacio de Dungur y el campo de estelas de Gudit

A escasos dos kilómetros al oeste del centro, yacen los restos de un gran palacio, el de Dungur, al que tradicionalmente se le denomina de la reina de Saba. Sin embargo, es muy posterior, habiendo sido construido entre los siglos IV y VI de nuestra era. Perteneció a algún miembro de la élite social y reproduce el esquema clásico del palacio aksumita: en el centro de un gran patio, elevado sobre un podio, se eleva el pabellón que albergaba la sala de audiencias y las habitaciones principales; alrededor del patio se distribuían las habitaciones de los criados, las cocinas, y otras dependencias auxiliares. La sofisticación del edificio incluye desagües y los restos de un posible sistema de hipocausto.

Justo enfrente se encuentra el campo de estela de Gudit, quizá el cementerio más antiguo de la ciudad, datado entre los siglos II y IV de nuestra era. Aunque en origen pudo albergar más de 600 estelas, ahora sólo unas pocas permanecen en pie. Su nombre deriva de la reina Gudit, un oscuro personaje que destruyó Aksum en el siglo X.

Hay muchos más lugares de interés arqueológico en Aksum y su área circundante. A hora y media en coche se puede visitar el templo de Yeha, el más antiguo del país (Ss. VII-V a.C.), y que supone una de las excursiones más populares entre los turistas. Pese a todo, no disponemos de mucho tiempo y debemos partir hacia la siguiente etapa de nuestro viaje: Lalibela.

Diario de un viaje por Etiopía – Gondar (2ª parte), Montañas Simien y Gorgora (V)

Baños de Fasiladas, Gondar.

Continuamos nuestro recorrido por Etiopía en el tercer episodio de nuestro diario de viaje. El original se publicó el 25 de septiembre en el diario digital leonés ileon.com. Todas las fotos y vídeos han sido tomados para este blog.

Los baños de Fasiladas y el palacio de Kuskuam

Hacia el oeste del centro urbano de Gondar encontramos los Baños de Fasiladas, una construcción curiosa a los ojos del europeo. Se trata de un pabellón almenado elevado por varios arcos en medio de un estanque. Accesible a través de un puente de dos arcos, parece un pequeño castillo con sus ventanas de ladrillo rojo y sus balcones.

Aunque hoy se utiliza casi exclusivamente para las ceremonias religiosas del Timkat, en origen su uso era mucho más lúdico y profano. Cerca de Gondar, en Azazo, el emperador Susenyos hizo construir un pabellón en un estanque muy similar al de Gondar, aunque anterior. Hoy sólo quedan sus cimientos, pero las crónicas dicen que lo construyeron los jesuitas –de nuevo la alargada sombra de Páez y sus camaradas- para que el emperador pudiera deleitarse desde el balcón observando cómo sus súbditos navegaban por el estanque a bordo de pequeñas tankwas. El lugar, apartado del ajetreo urbano, tiene un ambiente especial que lo convierte en uno de los monumentos más bonitos de la ciudad.

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Las elegantes ruinas de la sala de recepción de la reina Mentewab, en Kuskuam.

El palacio de Kuskuam se ubica en una colina a poniente, ya a las afueras de Gondar. El paseo hasta allí bien vale la pena, ya que atravesamos un área de transición entre la ciudad y el campo. Por su belleza, se entiende que fuese el lugar favorito de la reina Mentewab, quien ordenó construir un palacio para retirarse del mundanal ruido. La iglesia original, que debió albergar impresionantes pinturas del Segundo Estilo Gondarino, fue destruida por los mahdistas sudaneses en 1888 y reconstruida por Haile Selassie ya en el siglo XX. El resto del complejo, compuesto por el palacio de retiro de la reina, nunca fue reconstruido, formando una especie de pequeño Fasil Ghebbi. Aún hoy puede verse la fachada de la sala de recepciones, los restos del área de baños y el oratorio que usaba la reina cuando, por la restricción eclesiástica etíope, no podía entrar en la iglesia durante la menstruación. En el pequeño museo del complejo se conservan, en un minúsculo ataúd acristalado, los esqueletos de Mentewab, su hijo Iyasu II y su nieto Iyoas.

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Piazza, el centro urbano de Gondar, presidida por la estatua del emperador Tewodros.

Por último, no quiero dejar de hablar del agradable barrio de Piazza, el centro urbano, construido durante la ocupación italiana. Lleno de edificios racionalistas, tan al gusto del Fascismo, algunos son ciertamente valiosos, como la oficina de correos, que preside la plaza principal. Justo enfrente se encuentra el Ethiopia Hotel, con un bar de indudable sabor italiano.

El pueblo judío

A unos pocos kilómetros al norte de Gondar se encuentra el pueblo de Wolleka, uno de los muchos antiguamente habitados por los falashas, los poco apreciados judíos etíopes. Estos hebreos, que se autodenominan Beta Israel (Casa de Israel), huyeron de siglos de marginación en los 80 tras cruzar en durísimas condiciones –muchos murieron- la frontera sudanesa y embarcarse en aviones rumbo a Israel, donde hoy viven en su mayoría. Sus vecinos cristianos consideraban que eran buda, portadores del mal de ojo, evitando entrar en contacto con ellos y permitiéndoles trabajar sólo en ciertos trabajos artesanos (herreros, tejedores, etc.).

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Exterior de la sinagoga de Wolleka, a las afueras de Gondar.

Hoy en los poblados apenas quedan vestigios de su presencia. Tan sólo en éste de Wolleka existe un mercadillo de productos presuntamente judíos, ubicado estratégicamente en la carretera, y un modesto edificio de barro que sirvió de sinagoga. Lo único que lo distingue es la tosca estrella de David que lo corona, ya que en su interior sólo el banco corrido de la pared parece indicar un cierto uso ritual.

Las montañas Simien

El espectacular paisaje de las montañas Simien es tan escarpado que tradicionalmente ha sido refugio de fugitivos. En la edad media se formó en ellas el reino de los Gedeones, una formación política judía que fue conquistada en el siglo XVII.

Un consejo: si puedes, visítalas cuando no sea la estación de lluvias, ya que nosotros lo hicimos en esa época y la niebla nos aguó la experiencia. Al ser tan cerrada que apenas se puede ver nada a diez metros, impide divisar las afiladas formas de los picos, de los cuales varios están por encima de los 4.000 metros, los espectaculares valles, gargantas y la catarata de Jinbar, que se desploma a más de 500 m. De los tres días que, en origen, habíamos reservado para acampar en ellas y hacer rutas de senderismo, al final se quedaron en uno solo debido al mal tiempo.

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Una colonia de babuínos Gelada. Y la sempiterna niebla…

Pero, si sólo se puede visitar las Simien en la estación lluviosa, no pasa nada. Con un día puede ser suficiente para, desde Gondar, contratar un viaje guiado. Tras la hora y media que se tarda en llegar a Debark, principal ciudad de la zona, en la oficina del parque nacional podemos comprar la entrada y contratar la seguridad que, según los funcionarios, es importantísima (aunque opcional). Desde la ciudad comienza la pista de grava que lleva a las montañas.

Debido a la forma alargada del parque nacional, la carretera principal nunca queda demasiado alejada de los senderos que tomaremos para explorar el área. De vez en cuando, es fácil encontrarse con babuinos gelada, una especie que sólo vive en las Simien. Aunque nos podemos acercar mucho a ellos, es mejor no intentar tocarles –pueden morder- y, por supuesto, no darles nada de comer. Otras especies del parque son más esquivas, como los preciosos lobos etíopes –más parecidos a un zorro-, o las cabras montesas walia.

En la estación seca se puede disfrutar mejor de estas montañas. Muchas empresas organizan rutas de senderismo de varios días que pueden acabar con el ascenso al Ras Dashen, el pico más alto del país (4.550 m.), e incluso, si hay tiempo y ganas, llegar a Lalibela.

Restos de la iglesia jesuítica de Gorgora Nova. Foto: Víctor M. Fernández.

La península de Gorgora

Gorgora, la bonita península al norte del Lago Tana, es un nuevo destino turístico al alza en el norte etíope. Gracias a la construcción de una nueva carretera que la unirá con Gondar, es de esperar que el tiempo de viaje baje de la hora y media que ahora suponen los 66 km. Además, se están construyendo nuevos hoteles que permitirán aumentar y mejorar notablemente la escasa oferta existente. Se puede llegar al lugar en minibús desde Gondar, o contratando un vehículo privado, la opción más cara.

Pero, ¿y qué hay que visitar allí? Nada menos que los restos de Gorgora Nova (Maryam Ghimb), un complejo palacial y misional construido por los jesuitas de Pedro Páez para el emperador Susenyos. Accesible tras una larga caminata de unas cuatro horas o en bote desde Gorgora –la opción más rápida, una hora larga de trayecto-, se ubica soberbio en una península que se adentra en el lago Tana. Los restos de la iglesia (1618-1621), de un estilo jesuítico claro, aún muestran detalles arquitectónicos de origen peninsular. A su lado, menos espectaculares, yacen las ruinas del complejo palaciego y residencia jesuita. El propio Páez describe el palacio así:

“Pero el emperador Seltán Zegued [nombre de coronación de Susenyos] hace, en una península de la laguna de Dambiá [el lago Tana], a la que ellos llaman mar, unos palacios hermosos de piedra blanca bien labrada, con sus aposentos y salas; la de arriba tiene cincuenta palmos de largo, veintiocho de ancho y veinte de alto, que por ser allí muy fuerte el viento en invierno y la casa de abajo también ser alta, no la levantaron más. Sobre la puerta principal tiene una balconada grande y hermosa, y en los flancos, dos más pequeñas con muy buena vista. La madera casi toda es de cedro, muy hermosa; y las salas y un aposento de arriba, donde duerme el emperador, con muchas pinturas de varios colores. Es de terrado encalado, y el parapeto alrededor con columnas muy hermosas, y sobre sus capiteles, bolas grandes de la misma piedra, pero en las columnas de las cuatro esquinas, bolas de cobre dorado con hermosos remates. Sobre la escalera, por la que se sube al terrado, se levanta otra casa pequeña con tres ventanas grandes, que le sirve de mirador, porque además de estar la casa situada en lo más alto de la península, que es grande, tiene sesenta palmos de alto; y así toda la ciudad, que también hizo nueva, le queda debajo […]”. Páez, P., Historia de Etiopía. Libro I, pág. 256. Edición en español publicada en 2014 por Ediciones del Viento (A Coruña).

Hay otros restos de la presencia jesuita en Gorgora, aunque menos impresionantes. Cerca, en la cima más alta de la península, se encuentra el Faro de Mussolini, construido por los italianos en 1938 para conmemorar su victoria. El objetivo era que proyectase una luz visible desde Bahir Dar, al otro lado del lago, pero tras la liberación del país permanece en desuso, aunque desde él se tienen unas vistas espléndidas del Tana. El lugar aparece en películas del cine etíope como Teza.

Diario de un viaje por Etiopía – Gondar, la ciudad de las 44 iglesias: Fasil Ghebbi (IV)

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Castillo de Fasiladas.

Llegar a Gondar en minibús desde Bahir Dar es una pequeña aventura para la que hay que armarse de paciencia. Nada más entrar a la estación de autobuses, multitud de conductores de minibús intentarán llamar nuestra atención para que les escojamos. La clave está en elegir un vehículo que no sea demasiado antiguo y, sobre todo, que esté casi lleno, ya que los minibuses salen de la estación a medida que se van llenando, lo cual puede llevar un tiempo indeterminado. En cualquier caso, el flujo de los que van y vienen entre ambas ciudades es constante a lo largo del día, ya que muchos conductores, cuando llegan a Gondar, cargan más pasajeros para volver a Bahir Dar, y viceversa.

La carretera es muy moderna, de construcción china, aunque sin arcenes. El recorrido puede hacerse en unas tres horas, pero nosotros tardamos casi cuatro horas por la intensa lluvia.

Ante la insistencia del conductor, colocamos nuestras mochilas en la baca del vehículo. Craso error, porque la supuesta tela impermeable que los cubría resulto no serlo, por lo que nuestro equipaje llegó a Gondar calado. A pesar de todo, el viaje mereció realmente la pena, ya que el trayecto entre ambas ciudades es de una belleza abrumadora. Las montañas de las Tierras Altas se presentan ante nosotros en todo su esplendor, anunciándonos que estamos cada vez más cerca de las montañas Simien, donde se encuentran las cumbres más altas del país.

Fasil Ghebbi

Gondar es una de las ciudades más bonitas de Etiopía. Ubicada sobre varias colinas suaves, si tenemos la oportunidad de contemplarla desde el mirador del hotel Goha lo primero que destaca es que los edificios parecen estar rodeados de vegetación. Antigua capital imperial, floreció entre los siglos XVII y finales del XVIII, entrando después en una larga decadencia. Gondar es conocida en el resto del país como la ciudad de las 44 iglesias y, aunque es cierto que hay muchas, parece más una exageración que un hecho factible.

La principal atracción turística de Gondar es el espectacular recinto palaciego del Fasil Ghebbi. A la mayoría de los turistas occidentales les sorprende la existencia de castillos similares a los europeos en este rincón del África Subsahariana, lo que lleva a muchos a preguntarse quién los construyó.

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Vista del conjunto del Fasil Ghebbi desde lo alto de la escalinata del castillo de Fasiladas.

La respuesta está en parte relacionada con Pedro Páez y los jesuitas, que trajeron al país técnicas constructivas europeas y numerosos artesanos indios. Al mezclar estos ingredientes con las artes tradicionales etíopes, desde el siglo XVII se comenzó a gestar el llamado arte gondarino. Tras la muerte de Páez en 1622, sus sucesores al frente de los jesuitas en Etiopía cometieron una serie de errores que acabaron provocando una cruenta guerra civil entre católicos y ortodoxos. Salieron victoriosos estos últimos, liderados por el hijo de Susenyos, Fasiladas, quien arrancó de raíz el catolicismo del país, expulsó  a los jesuitas y cerró el país a las influencias occidentales.

Fasiladas quiso emular en su tierra las grandes ciudades de las que oyó hablar a los jesuitas, por lo que eligió Gondar como asiento de su nueva capital. Hasta entonces, los emperadores etíopes viajaban errantes con su corte, que en ocasiones comprendía hasta 10.000 personas, instalándose en espectaculares campamentos provisionales que se movían a medida que agotaban la madera y los recursos del lugar. La decisión de Fasiladas fue tan importante que el deslumbrante periodo en que esta ciudad rigió los designios etíopes (1632-1769) recibe el nombre de Gondarino.

Romper una tradición centenaria bien merecía la construcción de nuevos e impresionantes edificios públicos que debían mostrar el poder imperial: el propio Fasiladas ordenó erigir una espectacular fortaleza en la que sobresale una suerte de torre del homenaje acompañada de tres torreones coronados por cúpulas. El propio aspecto del edificio sugiere una evidente influencia europea, especialmente por los arcos de ladrillos o las chimeneas del interior, pero también encontramos largas vigas de madera –tradición etíope- e incluso restos decorativos propios de la India musulmana. Aunque sus amplias salas están hoy vacías por siglos de pillaje, aún es fácil imaginar sus días de gloria y decadencia, como los que el genial Jean Christophe Rufin recrea en su obra El Abisinio. Por desgracia, no se puede subir a los pisos superiores para disfrutar de las espectaculares vistas de la ciudad.

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Palacio de Mentewab, Fasil Ghebbi.

Los emperadores sucesores de Fasiladas quisieron emularle añadiendo cada uno sus propios edificios, formando una mezcla heterogénea de iglesias, castillos, salas de banquete y edificios administrativos, destacando el palacio de la reina Mentewab. Todos se concentran en el gran óvalo del Fasil Ghebbi, conformando un conjunto monumental de gran belleza visual. A excepción de algunos edificios que han sido reconstruidos, la mayoría permanecen en ruinas. El recinto está delimitado por un muro en el que se abren doce puertas, si bien hoy sólo permanece abierta una. Llama la atención que entre las ruinas encontremos sofisticados baños turcos –en pésimo estado de conservación- o, incluso, jaulas de leones.

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Exterior de Debre Berhan Selassie.

Debre Berhan Selassie

Ubicada en una colina un tanto alejada del centro, encontramos la iglesia de Debre Berhan Selassie (Monte de la luz de la Trinidad), también Patrimonio de la Humanidad como el recinto palaciego. Llegar a ella supone un delicioso paseo de unos quince o veinte minutos a través de una colorida barriada gondarina.

Rodeada de un muro jalonado por trece torretas que representan a los Doce Apóstoles y a Cristo, se trata de una excepcional iglesia de planta rectangular, algo no muy común en esta zona del país, donde mandan las de planta circular. Construida a finales del siglo XVII por el emperador Iyasu I, quien originariamente construyó un templo circular –cuyos restos aún son visibles-, el cual fue sustituido por el edificio actual a comienzos del siglo XIX. Es la única iglesia que no fue destruida en 1888 por los derviches del Mahdi sudanés, quienes, según la tradición, fueron atacados por un enjambre de abejas.

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Trinidad y Calvario, entre otras escenas bíblicas, del interior de la iglesia de Debre Berhan Selassie.

Sin embargo, lo más interesante está en su interior, ya que está completamente cubierto por pinturas. Las pinturas datan de comienzos del siglo XIX y se encuadran en el Segundo Estilo Gondarino. No están pintadas al fresco, sino sobre un lienzo pegado a la pared. La tendencia del conjunto es al horror vacui, con multitud de escenas bíblicas. Al fondo de la nave se abren dos arcos que dan acceso al makdas o sancta sanctorum, donde se guarda la copia del Arca de la Alianza (Tabot). Justo encima vemos la representación de la Trinidad como tres ancianos barbados exactamente iguales. Pero lo más célebre de la iglesia es su techumbre, jalonada por decenas de cabezas de querubines, una de las imágenes más reproducidas en las postales del país.

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La célebre techumbre de los querubines.

Diario de un viaje por Etiopía – Bahir Dar y el lago Tana (III)

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Las cataratas del Nilo Azul.

Continuamos nuestro recorrido por Etiopía en el tercer episodio de nuestro diario de viaje. El original se publicó el 28 de agosto en el diario digital leonés ileon.com. Todas las fotos y vídeos han sido tomados para este blog.

Bahir Dar es la principal ciudad a orillas del lago Tana y, por ello, la mejor base para explorar la zona. Para llegar allí desde Addis elegimos el avión, ya que el trayecto dura media hora y te ahorra las aproximadamente nueve o diez horas del mismo viaje en bus.

Comparada con Addis Abeba, Bahir Dar resulta una ciudad sorprendentemente limpia y ordenada, con sus amplias calles de trazado regular y sus avenidas flanqueadas de palmeras. No en vano, los locales se enorgullecen de la buena presencia de su ciudad, y dicen que sólo la sureña Hawassa, igualmente ubicada junto a un lago, puede competir con ella en belleza. Pasear por ella es una delicia, aunque de nuevo el farenji sea el centro de atención. Pese a su aspecto pulcro, la ciudad en sí no tiene gran atractivo para el turista, aunque es la opción más apropiada para conocer las cataratas del Nilo Azul y las islas del lago Tana.

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Las limpias y ordenadas calles de Bahir Dar.

En el límite oriental de la ciudad se encuentra la salida del Nilo Azul (Abbay, para los etíopes) del lago Tana. El puente cercano resulta un punto excepcional para divisar al amanecer los célebres hipopótamos del Tana, a los que ya el jesuita Pedro Páez describió en el siglo XVII como caballos de mar, los animales más peligrosos de la zona.

Bahir Dar tiene un problema añadido que es el de la malaria. Los mosquitos transmisores de esta peligrosa enfermedad no existen a una altitud superior a los 2.000 metros, y, por lo tanto, no se encuentran en la mayor parte de las Tierras Altas etíopes. Bahir Dar, a 1800 metros y a orillas de un gran lago, es la excepción. Aunque la malaria aquí es más rara que en las zonas del sur del país, sí que es posible que durante nuestra visita haya un brote, por lo que es necesario extremar las precauciones. Entre los objetos necesarios en todo viaje a Etiopía hay que tener un repelente de tipo DEET (cuesta alrededor de 11€ y debe facturarse en el aeropuerto porque no se admite en el equipaje de mano), ropa de manga larga y pastillas de Malarone, el medicamento profiláctico más eficaz y que menos efectos secundarios provoca. Los mosquitos que transmiten malaria sólo pican de noche, haciendo obligatorio pernoctar en hoteles con mosquitera.

Tiss Abay, las cataratas del Nilo Azul

Las cataratas de Tiss Abay son una de las atracciones más célebres del país. Durante siglos, fueron de las más espectaculares del continente africano, comparables incluso con las célebres cataratas Victoria gracias a sus 400 metros de anchura y entre 37 y 45 metros de altura. Hoy esto ha cambiado debido a la construcción, en 2003, de una presa de producción eléctrica muy cerca de las cataratas; esto hace que el caudal del agua disponible se reduzca mucho, especialmente en la estación seca o cuando la central produce electricidad. Por fortuna, la próxima inauguración de la Presa del Renacimiento Etíope, en 2017, supondrá el cierre de la presa de Titissat, lo que hará que las aguas del Nilo Azul vuelvan a precipitarse con toda la espectacularidad de antaño.

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Camino a las cataratas.

Actualmente, existen numerosas pequeñas empresas que organizan excursiones a las cataratas y a las islas del lago. Conviene tener cuidado y elegir una que tenga oficina cerca del muelle de Bahir Dar (ubicado entre la iglesia de San Jorge y el hotel Ghion), sin dejarse engañar por los numerosos “guías” no oficiales que recorren la ciudad buscando clientes a los que engañar con precios abusivos. Mención especial merecen algunos guías ofrecidos por hoteles, ya que sus tarifas pueden duplicar las de los guías oficiales de la zona del muelle.

Las cataratas del Nilo Azul se pueden visitar sin necesidad de excursión organizada. Basta con acercarse a la estación de autobuses de Bahir Dar y buscar uno de los numerosos autobuses o minibuses que cubren el trayecto entre la ciudad y el pueblo de Tissisat cada día. Obviamente, ésta es la opción más barata, aunque hay que tener en cuenta que en un tour organizado (sobre 9€) dispondremos de un vehículo más cómodo y moderno que nos hará más llevadera la hora larga que se tarda en llegar a Tissisat. Actualmente, la carretera se halla en pleno proceso de mejora y atraviesa varios pueblos que sirven de escaparate a la vida rural del estado regional de Amhara.

Aunque las cataratas hayan perdido parte de su espectacularidad, siguen siendo altamente recomendables, especialmente por el paisaje que uno disfruta de camino a ellas. Para visitarlas hay que calcular que emplearemos, al menos, medio día.

Lo primero que hay que hacer es pagar la entrada del parque nacional (100 birr), cuya taquilla se encuentra al final del pueblo de Tissisat. Cerca de allí sale un camino que es el que debemos tomar para comenzar a descender la garganta del Nilo Azul. Rodeados por una exuberante vegetación, pronto se alcanza el mal llamado Puente de los Portugueses, un bonito puente de arcos de medio punto construido en 1626 por orden el emperador Susenyos, quien empleó a un arquitecto hindú venido con los jesuitas –principalmente portugueses pero también españoles- que, en aquel momento, intentaban extender el catolicismo por tierras abisinias.

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El puente de los portugueses sobre el Abay o Nilo Azul.

Una vez cruzado el puente, dejamos el Nilo a nuestra izquierda para seguir ascendiendo camino a las cataratas. El paisaje se vuelve cada vez más verde y espectacular. Sin embargo, notaremos que cada cierto tiempo nos acosan niños y jóvenes locales que intentan vendernos cosas. A menos que se esté realmente interesado en comprar algo tras un arduo regateo, lo más sensato es pasar de largo, aunque no dudarán en seguirnos.

Finalmente, llegamos a nuestro destino. El camino, al serpentear por una colina enfrente de las cataratas, sirve de mirador. El espectáculo es soberbio: podemos observar los cuatro canales que forman las cataratas: los tres de la izquierda son los más pequeños, mientras el de la derecha es el que más caudal aporta. Es un espectáculo soberbio que hace que la caminata merezca la pena.

Conociendo el lago Tana y sus monasterios

El lago Tana es el mayor de Etiopía, con una forma circular que recuerda a la de un gran espejo. De origen volcánico, sus 3.000 km2 están jalonados de pequeñas islas de exuberante vegetación que esconden preciosos monasterios. Su longitud máxima es de 72 km, muy equilibrada con respecto a su anchura máxima, de 68 km. Con una profundidad máxima de 14 metros, tiene un volumen de más de 29.000 km3, siendo el río Abbay su único desagüe.

Existen varias maneras de explorar el lago. La primera, que es asimismo la más solicitada por los turistas, consiste en un recorrido en barco por diferentes islas. La segunda, más romántica, supone cruzar el lago en el ferry que, con dos frecuencias semanales, va de Bahir Dar a Gorgora, al norte. La tercera opción, excepcional si se tiene tiempo y medios, implica rodear el lago en coche de alquiler, permitiendo conocer zonas poco holladas por los turistas.

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Vista del puerto de Bahir Dar.

Obviamente, por falta de tiempo elegimos la primera opción. Las empresas que organizan los viajes ofrecen varios paquetes que pueden abarcar medio día o un día entero. Los de medio día (entre 4 y 6 horas) abarcan las islas más cercanas a la ciudad, mientras que los de día completo llegan a la isla de Dek, la más grande del lago, permitiendo visitar los espectaculares monasterios de Narga Selassie y Daga Istifanos.

Nosotros nos inclinamos por la opción de medio día. La empresa nos fue a recoger al hotel a las ocho de la mañana, llevándonos al muelle donde embarcamos con un grupo mixto de suizos y etíopes.

La primera isla que visitamos apareció ante nosotros cubierta completamente de árboles, algo común en todas las del lago. En ella se puede visitar el monasterio de Entonis Eyesus, que no tiene un gran valor histórico-artístico, aunque las pinturas que cubren el muro del maqdas de la iglesia son interesantes para entender la reinterpretación moderna del Segundo Estilo Gondarino.

Cerca de ella se ubica otra isla, la cual alberga al monasterio de Kibran y Gabriel. De los más antiguos del lago, fue fundado en el siglo XIV. La iglesia, circular, data del siglo XVII y cuenta con un pórtico de arcos semicirculares. En su interior hay una importante colección de frescos del Primer Estilo Gondarino. No muy lejos encontramos el “museo” del monasterio, donde hay una interesante colección de manuscritos y objetos litúrgicos. Desgraciadamente, el acceso al recinto está prohibido a las mujeres.

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La iglesia del monasterio de Azewa Maryam.

Las siguientes dos paradas en nuestro viaje lacustre se encuentran en la península de Zege. El primer monasterio a visitar es el de Azewa Maryam, también fundado en el siglo XIV. El camino desde el muelle hasta el recinto no tiene pérdida gracias a los numerosos puestos de venta de recuerdos que lo flanquean. Desde el punto de vista estético, es el más bonito que vamos a visitar porque al ser restaurado se recuperó su techumbre original de paja, en lugar de los feos tejados de uralita que suelen coronar las iglesias antiguas. El interior cuenta con una espléndida colección de pinturas murales datadas entre los siglos XIX y XX.

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Panel de los santos ecuestres de Ura Kidane Mihret. Segundo estilo gondarino.

La siguiente iglesia, artísticamente la más relevante, es la del monasterio de Ura Kidane Mihret, a 1,4 km de Azewa Maryam. Se puede alcanzar andando o en bote. Fundada también en el siglo XIV, el interior del templo está profusamente decorado, incluyendo las vigas del techo. El conjunto mural fue pintado por varios artistas entre los siglos XVIII y XX. Cabe destacar el panel de los santos a caballo y de la Transfiguración, considerado el más antiguo del templo y una de las joyas del Segundo Estilo Gondarino. No hay que olvidar el museo, ubicado muy cerca de la iglesia, donde se exponen los manuscritos de la biblioteca monacal.

Lugareños a orillas del Tana. Península de Zege.

La última isla que visitamos fue la que alberga el monasterio de Dabra Maryam. Sabemos de la existencia de un monasterio en este mismo lugar desde el siglo XIV, pero, por desgracia, fue destruido durante el Zemene Mesafint (siglo XIX), por lo que la actual iglesia no tiene prácticamente valor artístico alguno. Sin embargo, merecer la pena acercarse porque la isla es un lugar muy popular entre los lugareños al ser la más cercana a Bahir Dar, y en ella se puede comer pescado fresco.

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Un muchacho a bordo de su tankwa.

Los wayto, pueblo que tradicionalmente se dedica a la pesca en el lago, suelen ser vistos cerca de la isla en sus tankwa, la embarcación tradicional hecha de tallos de papiro. Precisamente aquí conocimos a Abraham, un adolescente que hablaba un inglés impecable, y a su hermana pequeña Azeda, una preciosidad de dos años que nos miraba semiescondida con mucha curiosidad. Abraham nos dijo que su hermana era la primera vez que veía a un farenji, y que por eso nos observaba con tanta atención. También nos contó que él cruza todos los días el lago en su tankwa para ir a la escuela. Una vez que llega a Bahir Dar, todavía le toca andar 45 minutos hasta su colegio. Aunque sea un tópico muy manido, ante este tipo de situaciones lo primero que uno piensa es en lo afortunados que somos los europeos.

Los ojos de la pequeña Azeda no nos perdían de vista…

En la isla de Dabra Maryam terminamos nuestra visita a Bahir Dar y su zona circundante. Hay muchas cosas más que nos hubiese gustado ver, pero en cualquier caso el tiempo apremia y hay que hacer las maletas para continuar nuestro viaje a Gondar, la antigua capital imperial.

Las fuentes del Nilo Azul

Pedro Páez

Pedro Páez.

Aunque algunos turoperadores sin escrúpulos vendan la salida del Abbay del lago Tana como las fuentes del Nilo Azul, en realidad se encuentran al sur del lago Tana, en la cabecera del Gilgel Abbay (Pequeño Abbay), el principal río de los 60 que nutren al gran lago. Nosotros no las visitamos en esta ocasión por falta de tiempo, pero quedan pendientes para el próximo viaje.

Pero dejemos que sea Pedro Páez, jesuita madrileño y primer europeo en visitarlas en 1618, quien nos describa el lugar:

Está la fuente al poniente de aquel reino, en la cabeza de un pequeño valle que se forma en un campo grande. Y el 21 de abril de 1618, cuando yo llegué a verla, no parecían más que dos ojos redondos de cuatro palmos de ancho. Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro Magno y el famoso Julio César.

El agua es clara  y muy leve, según mi parecer, que bebí de ella; pero no corre por encima de la tierra, aunque llega al borde de ella. Hice meter una lanza en uno de los ojos, que están al pie de una pequeña riba donde comienza a aparecer esta fuente, y entró once palmos, y parece que topaba abajo con las raíces de los árboles que hay en el borde de la riba. Páez, P., Historia de Etiopía. Libro I, pp. 319-320. Edición en español publicada en 2014 por Ediciones del Viento (A Coruña).

Diario de un viaje por Etiopía – Addis Abeba (II)

Continuamos nuestro recorrido por las calles de Addis en el segundo episodio de nuestro diario de viaje. El original se publicó el 28 de agosto en el diario digital leonés ileon.com. Todas las fotos y vídeos han sido tomados para este blog.

Siddist Kilo y Arat Kilo

La calle de Jorge VI es el eje que une las plazas de Siddist Kilo y Arat Kilo, concentrando algunas de las principales atracciones turísticas de la ciudad. En su extremo norte, en Siddist Kilo, se alza un monumento a los etíopes asesinados por el virrey Graziani el 19 de febrero de 1937. Allí también está el zoo de leones de Addis, una anticuada jaula de fieras donde los descendientes de los leones abisinios del emperador Haile Selassie malviven en jaulas diminutas, al más puro estilo de un zoo decimonónico. Sin embargo, el lugar merece la pena porque es de los pocos sitios donde se puede contemplar este tipo de león, más pequeño de tamaño que sus congéneres en libertad y caracterizado por su melena negra.

Caminando hacia el sur se halla el Museo Nacional, de gran valor por sus colecciones. Modesto en dimensiones y necesitado de una urgente puesta al día, alberga una importante colección de arte aksumita, la civilización antigua que floreció al norte del país, y numerosas piezas de arte del resto de períodos de la historia etíope. Pero la joya de la corona es, sin duda, el esqueleto de Lucy, un Australopithecus afarensis de 3,2 millones de antigüedad, considerado el antepasado más antiguo del hombre hasta que en el año 2000 se descubrió a Selam, otro miembro de su misma especie pero 100.000 años más antigua. Sin embargo, los restos que se pueden contemplar son réplicas, ya que los originales están guardados para preservarlos. Al lado del museo se encuentra el restaurante Lucy, uno de los mejores de la ciudad, donde merece la pena pararse para tomar una cerveza y disfrutar de su jardín.

6 - Catedral de Selassie

Catedral de la Santísima Trinidad

Una vez que hemos llegado a Arat Kilo, presidida por el León de Judá que conmemora el retorno de Haile Selassie en 1941 tras la ocupación italiana, la catedral de la Trinidad está más cerca. Construida en los años 30 para servir de mausoleo de Haile Selassie, se trata de un edificio de planta basilical similar a modelos italianos que, sin embargo, cuenta con algunas adiciones estilísticas etíopes. En la capilla lateral izquierda del ábside se encuentran las tumbas de Haile Selassie y su esposa, Menen.

7 - Mausoleo de Menelik II

La imponente fachada del mausoleo de Menelik II.

Desde la Catedral de la Trinidad es relativamente fácil acercarse a uno de los pocos edificios del antiguo Ghebbi (Palacio Imperial) que están abiertos al público: el mausoleo de Menelik II. Esta estructura cúbica con cuatro torres en sus esquinas y cúpula central funciona como iglesia en su primera planta, mientras que el sótano sirve de mausoleo imperial para Menelik II y su esposa Taytu, fundadores de la ciudad, su hija, la emperatriz Zewditu y una de las hijas de Haile Selassie. De nuevo, hay que tener cuidado con la cámara en esta zona, ya que está rodeada de edificios de la presidencia.

Merkato

El mercato indigeno, fundado en esta área durante la ocupación italiana, se dice que es el mercado al aire libre más grande de África. Puede que sea cierto o no, pero merece la pena acercarse a conocerlo. Nosotros llegamos a él utilizando el moderno metro ligero de Addis, concretamente la línea que une Menelik Square con Ayat. Sorprendentemente barato (apenas 2 birr, casi un céntimo de euro) pero saturado, muestra la necesidad que tiene esta urbe de más medios de transporte público. La parada más cercana es la de Autobus Terra, justo en su límite norte. Al ser un tramo de metro elevado, la propia parada sirve de mirador privilegiado desde donde contemplar el trepidante ritmo del mercado. Aquí se puede adquirir prácticamente de todo. Las manzanas del área se componen de edificios exclusivamente dedicados a la actividad comercial, mientras las calles están abarrotadas de vendedores callejeros que venden desde hortalizas hasta teléfonos móviles, pasando por manojos de khat, la planta estimulante cuyas hojas se mascan para conseguir un ligero efecto narcótico. Aunque su consumo es legal y muy popular en las regiones orientales del país, hay que recordar que su consumo en España está prohibido, por lo que no es buena idea llevarse un ramillete a casa.

10 - Merkato

Merkato fue nuestro último lugar visitado en Addis Abeba. No tuvimos tiempo para visitar Entoto, la antigua capital imperial situada en las verdes colinas al norte de la capital, ni la iglesia semimonolítica de Washa Mikael, así que quedan pendientes para la próxima visita. Ahora toca pensar en Bahir Dar, la siguiente etapa de nuestro viaje por la antigua Abisinia.

Diario de un viaje por Etiopía – Addis Abeba (I)

Entrada

Este diario de viaje ha sido publicado en el diario digital Ileón.com. Incluye consejos de viaje por el país y experiencias personales. 

Etiopía es un país espectacular que, por desgracia, sigue siendo uno de los grandes desconocidos de África. Es, también, objeto de injustos estereotipos que hacen que muchos occidentales, al hablar de Etiopía, inmediatamente la asocien con una pobreza y hambruna crónicas, sin tener en cuenta que en ella se ha desarrollado una de las civilizaciones más importantes y antiguas de la humanidad (nada menos que 2.700 años). Aunque es verdad que la pobreza afecta a la gran mayoría de la población y las hambrunas asolan con frecuencia la zona oriental del país, Etiopía, la antigua Abisinia, es una tierra que se viste de un exuberante verde durante la estación lluviosa, donde se alzan las espectaculares estelas de Aksum, los majestuosos castillos de Gondar o las increíbles iglesias de Lalibela. Para ayudar a combatir los estigmas sobre este gran país, os invito a conocer Etiopía a través del relato de mi viaje por la llamada Ruta clásica, la cual empieza en Adís Abeba, pasando por Bahir Dar, Gondar, Aksum y Lalibela, para terminar en Harar.

1 - Catedral de San Jorge

Catedral de San Jorge.

Todo viajero que llega a Etiopía en avión lo que primero que conoce es el aeropuerto de Bole, una infraestructura en proceso de ampliación. Tras el preceptivo pago del visado (50$), accesible tras una larga cola, se pasa a un gran hall donde una multitud de personas, representantes de hoteles y taxis particulares, están esperando a los turistas. Hay que tener cuidado, ya que por ser farenji (blanco) te intentarán cobrar de más, aunque, por fortuna, siempre podemos recurrir al viejo arte del regateo. La primera lección que enseña Etiopía es que hay que regatear por cualquier cosa que vayas a pagar, lo cual requiere tiempo y, sobre todo, paciencia.

Nuestro hotel se ubica en una de las principales arterias de la ciudad, la avenida Churchill. Lo elegimos porque, además de ser moderno, nos convenció su posición relativamente céntrica. Y digo “relativamente” porque los principales puntos de interés de la capital etíope se encuentran a mucha distancia entre sí. Aunque la población oficial de la ciudad se estableció en algo más de 3.000.000, se estima que en realidad puede superar ampliamente los 6.000.000, algo más creíble para un país que está cerca de sobrepasar la cifra de los 100.000.000 de habitantes, superando a Egipto como segunda nación más poblada de África, tras Nigeria.

El problema para el turista occidental es cómo desplazarse en una ciudad tan grande en la que el metro ligero son sólo dos líneas y las redes de autobuses no cuentan ni con mapas ni paradas señalizadas. La primera opción es obvia: hay que caminar. Recorrer la ciudad andando es toda una experiencia en la que se puede apreciar la realidad etíope. A pesar de que Etiopía sigue siendo uno de los países más pobres del mundo, sorprende que la tasa de criminalidad de Addis sea de las más bajas del continente africano, por lo que cualquier turista puede sentirse seguro al recorrer sus calles. Sin embargo, conviene no despistarse demasiado y mantener la cartera a buen recaudo.

Una cuestión que hay que tener en cuenta al caminar por las calles de cualquier ciudad etíope es que un blanco resulta tremendamente llamativo. Muchas veces se te puede acercar gente pidiendo dinero, aunque muchos simplemente quieren saludarte en inglés y preguntarte de dónde vienes y si te gusta el país. Una de las mejores experiencias a este respecto la tuvimos con un artista llamado Abeba, quien nos invitó a tomar un café –excelente, por otro lado- y nos habló de su reciente exposición de cuadros, que no pudimos visitar. Pese a todo, hay momentos en que la gente puede resultar agobiante, por lo que lo mejor es pasar de largo sin prestar atención.

En cualquier caso, conviene ser cuidadoso, ya que hay personas sin escrúpulos que se ofrecerán a guiarte por la ciudad “voluntariamente”. Estos autodenominados guías, además de no ser oficiales, al finalizar sus servicios te pedirán cantidades excesivas de dinero, pudiendo producirse situaciones muy desagradables. También es frecuente que muchos niños se acerquen pidiéndote que les hagas una foto a cambio de dinero, galletas, bolígrafos e incluso caramelos. El gobierno pide a los turistas que no les den nada, ya que fomentan que los menores abandonen tempranamente la escuela para dedicarse a la mendicidad.

Otras opciones son emplear los autobuses urbanos de color amarillo, aunque casi siempre se desaconseja porque los frecuentan los carteristas y es difícil hacerse una idea de hacia dónde van, y, sobre todo, los minibuses. En su mayoría vehículos de una edad más que respetable, resulta un espectáculo montarse en uno de ellos. Recorren la ciudad en rutas fijas de un punto concreto a otro (por ejemplo, de Mexico Square a Arat Kilo). El destino del minibús lo grita uno de los empleados sacando medio cuerpo por la ventanilla, atrayendo la atención de posibles clientes. Merece la pena montarse en uno porque generalmente son muy baratos (menos de 20 birr) y compartiremos asiento con una gran variedad de personas. La última opción es el taxi, pero hay que tener en cuenta que hay que negociar el precio antes de subir.

2 - Estatua de Menelik

Estatua ecuestre de Menelik II en la plaza homónima.

Plaza de Menelik II y Piazza

Pero ahora volvamos al viaje en sí. Por la posición de nuestro hotel, la primera parte de la ciudad que conocimos fue la plaza de Menelik II y sus alrededores, el barrio de Piazza.

La primera sensación que da la ciudad es la de estar a medio construir. Hay cientos de edificios a medio construir, las aceras, si las hay, están en mal estado, y no es extraño encontrarse pilas de basura o escombros. Cientos de mendigos pululan por las calles mezclados con pulcros hombres de negocios, y  en cualquier punto de la calle puedes encontrarte puestos de los más variopintos productos. Pese a que no es la ciudad más monumental que hemos visitado –más bien al contrario-, Addis tiene un ambiente que la hace muy agradable.

La plaza de Menelik la preside la estatua ecuestre de dicho emperador. Fue especialmente célebre por derrotar en 1896 a los italianos en la batalla de Adua, librando a Etiopía de ser colonizada. Justo enfrente, formando un eje monumental, se encuentra la catedral de San Jorge, construida por el emperador para celebrar su victoria, eligiendo para su construcción, irónicamente, a un arquitecto italiano. Aunque desde el punto de vista artístico el templo no tiene gran cosa de particular, está en el medio de un bosquecillo muy tranquilo, por lo que resulta una buena opción para descansar durante unos minutos del ajetreo de la ciudad.

Cerca de allí se localiza el ayuntamiento de la ciudad, construido a comienzos de los 60 por orden del emperador Haile Selassie, quien quería convertir a la ciudad en una verdadera capital dotándola de edificios monumentales y modernos. Esto se debe a que durante buena parte del siglo XX, la ciudad parecía más bien un campamento que la capital de un imperio. Fundada en 1886 por la emperatriz Tatytu Beitul, esposa de Menelik II, por la presencia de unos manantiales medicinales, alrededor del monte donde se ubicó el primer ghebbi o palacio pronto empezaron a aparecer, sin orden ni concierto, todo tipo de viviendas de cortesanos y de gente del pueblo llano. Para satisfacer las necesidades de madera de la naciente ciudad, el emperador ordenó plantar un cinturón de bosque de eucaliptos, el cual todavía hoy existe. Los pocos monumentos existentes se hallaban desparramados por una vasta área, separados entre sí por una maraña de barrios residenciales,  sin que existieran grandes avenidas hasta que durante la ocupación italiana se creó el primer plan de regulación de la ciudad.

Piazza fue, precisamente, una zona regulada por los italianos a partir de construcciones más antiguas para crear un nuevo centro urbano. Aún perviven muchas construcciones de comienzos del siglo XX de estilo colonial, decrépitas en su mayoría, junto con algunos edificios de estilo racionalista construidos durante la etapa de ocupación italiana. Una de ellas es el hotel Taytu, el primero que se abrió en el país (1898) y que hace unos meses fue pasto de las llamas, aunque se ha restaurado con rapidez.

El centro: Meskel Square

Bajando por la Churchill Avenue se llega hasta el centro de la ciudad, donde se observan los efectos del boom económico que está experimentando el país: nuevos rascacielos y edificios a medio terminar se elevan sobre una jungla urbana donde los viejos taxis Lada blancos y azules circulan por unas calles congestionadas hasta el extremo. Algo que llama la atención del turista es la antigüedad de la mayoría de los vehículos; esto se debe a que comprar un coche nuevo en Etiopía resulta prohibitivo por los impuestos especiales que cobra el gobierno. Como consecuencia, la contaminación en el centro hace que el aire sea casi irrespirable.

3 - Tiglachin

Monumento al Tiglachin.

En la misma Churchill Avenue encontramos el monumento al Tiglachin (Nuestra lucha), construido por el sanguinario dictador comunista Mengistu Hailemariam, derrocado en 1991 tras una cruenta guerra civil. Conmemora la victoria etíope en la guerra contra Somalia (1977-1978). Continuando por la misma calle, llegamos al monumento al León de Judá, rodeado por edificios a medio construir. Al fondo, modesta, se encuentra la vieja estación de tren, hoy abandonada tras el cierre en 2008 de la única línea de tren del país.

Cerca de la estación se halla la plaza de Meskel (de la cruz), considerada el centro geográfico de la ciudad. En su lado sur, adaptados a la suave pendiente, encontramos unos andenes semicirculares donde no es raro ver a jóvenes entrenando en la pasión nacional: el atletismo. Hoy en día la plaza va adoptando un aire más moderno gracias al paso elevado del metro ligero y a los rascacielos que empiezan a dominar el horizonte. En el lado norte de la plaza comienza la avenida de Menelik II, la cual conduce al antiguo ghebbi o palacio imperial, hoy cerrado al público por ser la residencia del primer ministro. También en ella están el palacio de Haile Selassie, residencia del presidente, y el anterior parlamento de la Unión Africana, recientemente sustituido por un moderno rascacielos ubicado al sur de la ciudad. En esta zona hay que tener cuidado y no tomar fotos de los edificios oficiales, ya que está estrictamente prohibido.

8 - Meskel Square

Vista de Meskel Square.

 

Viaje a Etiopía con Mario Lozano, del 12 al 23 de julio

Cartel viaje a Etiopía

PRÓXIMO VIAJE: SALIDA EL 12 DE JULIO Y RETORNO EL 23 DE JULIO

MÁS INFORMACIÓN Y RESERVAS HACIENDO CLIC EN ESTE ENLACE

¿Te gustaría conocer a fondo la legendaria Etiopía? ¿Quieres asombrarte descubriendo las majestuosas estelas de Aksum o las magníficas iglesias rupestres de Lalibela? ¿Te apetece ver las cataratas de Titissat, en el Nilo Azul y perderte por las frondosas montañas Simien? Si es así, te ofrecemos la oportunidad de hacerlo realidad este verano de la mano de la compañía de viajes Tarannà.

Descripción del viaje a Etiopía

Viaje a Etiopia. Viaje de autor con Mario Lozano, historiador y profesor de lengua Ge’ez. Este viaje a Etiopía nos transportará a la época de la legendaria reina de Saba en pleno siglo XXI. Addis Abeba, Aksum, Lalibela, Gondar y Bahar Dar, entre otros lugares, formarán parte de nuestro periplo por Etiopia.

Al viajar por el norte de Etiopia podremos realizar una ruta para conocer el corazón histórico de este país. Una ruta por Etiopia diseñada con el objetivo de conocer los lugares más importantes de la región, en donde el cristianismo ortodoxo de la mayoría de las gentes, tigriñas y amharas, fluye en el día a día de la vida cotidiana. Visitaremos ciudades como Bahar dar, a orillas del lago Tana, donde podremos visitar sus iglesias enclavadas en pequeños islotes situados dentro del lago o las famosas cataratas de Tissisat, ya en el Nilo azul. La ciudad de Gondar nos recibirá con todas sus construcciones que, aunque construidas en el XVII, nos evocan el medievo europeo: hermosos castillos y fortalezas declarados patrimonio de la humanidad. Lalibela será el punto culminante de nuestro viaje con sus impresionantes iglesias excavadas en la roca, las cuales conforman un monumento único e inigualable en donde conocer el ritmo de vida de los monjes, quienes velan por los centenarios secretos que aún se guardan en sus templos. También conoceremos algunos interesantes mercados poco frecuentados por el turismo, así como las espectaculares montañas Simien.

Puntos fuertes del viaje a Etiopía

Salida en grupo con Mario Lozano como acompañante del viaje, historiador y profesor de la lengua Ge’ez y gran conocedor de la cultura e historía etíope.

Resumen del viaje a Etiopía

DÍA 01 // 12 JUL: SALIDA – ADDIS ABEBA
DÍA 02 // 13 JUL: ADDIS ABEBA
DÍA 03 // 14 JUL: ADDIS ABEBA – AXUM (VUELO)
DÍA 04 // 15 JUL: AXUM – ADIGRAT
DÍA 05 // 16 JUL: ADIGRAT – MEKELE
DÍA 06 // 17 JUL: MEKELE – LALIBELA
DÍA 07 – 08 // 18- 19 JUL: LALIBELA
DÍA 09 // 20 JUL: LALIBELA – GONDAR
DÍA 10 // 21 JUL: GONDER – BAHAR DAR
DÍA 11 // 22 JUL: BAHAR DAR – ADDIS ABEBA (VUELO)
DÍA 12 // 23 JUL: LLEGADA A ESPAÑA

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Lalibela - Bet Giyorgis

Iglesia de Bet Giyorgis, Lalibela. Foto de Henrik Berger Jørgensen

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